lunes, 10 de septiembre de 2012

Modelo para armar

Se dispararon dos tiros en el aire de la mañana. Cada uno partió de uno de los oponentes en el duelo. Ninguno de los dos dio en el blanco. Quedaba zanjada la liza. El honor se había lavado entre olor a pólvora quemada.
Richard y Jérémias se dieron la mano, un fuerte apretón y se aprestaron a reunirse con sus respectivos padrinos. El aire de la mañana olía bien, a espliego y tomillo, aquella primavera que ya despuntaba.
Richard se apoltronó en el asiento del coche al tiempo que el cochero hacía restallar el látigo. Emprendían el regreso a la ciudad. La ciudad Luz, la ciudad de los sueños y los, a veces, amargos despertares, de la buena vida para algunos y del penar en el duro trabajo para la mayoría. Pero era una ciudad alegre y confiada en la hora de la plenitud de la Tercera República, laica y liberal.
Ya comenzaba a despuntar la torre, la estrafalaria torre de la Exposición Universal, pronto símbolo inconfundible de aquella ciudad. Richard se dijo que debía emprender una vez más la ascensión a lo alto de la torre, en ritual que se repetiría incansablemente hasta su muerte.
Era un aficionado a los mapas y planos, especialmente a aquellas vistas simuladas desde la altura, en escorzo y París se parecía cada día que subía a la torre a una ciudad de ensueño, ella misma su propio plano, a escala 1:1.
Comprendemos que Richard era joven y tenía todavía bonitas ensoñaciones y fantasías plenas de color. París era uno de sus elementos de juego fantasioso más amenos. Porque París era un juego que aún había que terminar de montar.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Los juegos de manos

Haciendo malabares con el bote de los clips, las gomas elásticas y el lápiz, bien afilado, el probo oficinista Juanito sufrió un accidente laboral, pinchándose en la nariz con aquel afilado lápiz. Trasladado al dispensario de la empresa, Juanito rumiaba otras travesuras laborales y ya le estaba dando vueltas al uso compulsivo del rollo de gasa cuando entró otro accidentado. Luis, del departamento de personal, apareció con un ojo amoratado, medio sangrante y pulsante.
Evidentemente su caso requería de atención más rápida que el suyo, así que los escasos efectivos sanitarios, la enfermera Pili, se dedicaron en buena lid a aminorar los efectos del pequeño derrame ocular. “¿Cómo te lo has hecho?”, le preguntó Juanito a Luis. “Con un clip desballestado”, le contestó éste. “Estaba haciendo malabares y…”, no terminó la frase, ni falta que le hizo. Pili le aplicó un colirio, después de limpiar la zona y le colocó un apósito que le ocluyó aquel ojo doliente.
Juanito pensaba en las coincidencias que se dan en la vida, aunque mejor pensado se trataba de procesos en paralelo de adaptaciones a entornos similares en nichos ecológicos de igual categoría, o dicho de otro modo, que el aburrimiento hacía mella por igual en su departamento y en el de Luis.  Pero a partir de aquí sus destinos divergían, Luis ya curado salía por la puerta tras echar una miradita furtiva a la cofia de Pili y Juanito se ponía en sus expertas manos para restañar la pequeña herida de su nariz.
Quizá ya no volvieran a coincidir. “Curioso…”, pensó, mientras se dejaba mimar.

lunes, 27 de agosto de 2012

La boda

 
Haciendo restallar el látigo, el cochero apremiaba a su tiro para que, ágilmente, se escabullera entre el denso tráfico de la gran ciudad. Era un día encapotado, de ligera llovizna que acababa por empapar capotes y capotas. Las damas se embarrarían las enaguas, pensó pícaramente el cochero mientras avanzaba premiosamente hacia la mansión familiar.
Higgins ya anticipaba, azorado, el sabor de las quesadillas de la Sra. Bridges con que era premiada su diligencia habitual. Volvían de una tarde de compras, lady Anne y su hija Caroline. Llevaban meses planificando con estrategia militar la próxima boda de ésta. Ahora se necesitaban encajes, preciosos encajes para el vestido, que sería, ¿quién lo dudaba? objeto de la admiración general.
Una vez cumplida la misión, exhaustas pero contentas, las damas no pedían otra cosa sino llegar cuanto antes a la mansión para extender ante su vista el preciado botín de la tarde. El coche avanzaba a trompicones, saltando rítmicamente sobre el empedrado tan regular como era posible en aquella ciudad.
De improviso, el tráfico se coaguló en un denso grumo que dejó atrapados a los viajeros. Lady Anne susurró a Caroline “¡Ay la boda! Si no fuera por ella estaríamos hace semanas en el campo”. Caroline esbozó un mohín de hastío dirigido tanto a su madre como a la ciudad en general.
No sabía que la ciudad se lo iba a retornar multiplicado, centuplicado, en cada cara que atisbara en la ciudad por el resto de su vida, tras aquella boda.

lunes, 13 de agosto de 2012

Aah, Roxane

Se extrañaría quien mirase por la ventana y viese la larga cola barredora de un triceratops asomar la puntita por un ángulo del cristal. ¿Se extrañaría el mismo observador al contemplar una nariz digna de Cyrano de Bergérac pasar digna y altiva por el mismo recuadro?
Seguramente le despertaría asociaciones literarias o fílmicas inmediatas, pero, ¿daría un paso más, hasta no dar crédito a lo visto? No es probable.
La Naturaleza siempre ha sido caprichosa y una nariz deforme hasta lo grotesco puede entrar en sus planes. Y sin embargo…un curioso pliegue espacio-temporal puede estar desplegándose ante los ojos del observador. Porque el uniforme de mosquetero del Rey de Francia hace tiempo que pasó del uso oficial al ropero del atrezzo de teatro y sin embargo, nuestro miranda acaba de otear a una nariz en calzas y sombrero de plumas.
Veamos…el carnaval todavía no está al caer, no hay prevista ninguna representación del Cyrano en la ciudad, no es hoy el día de los Inocentes…Nuestro observador se devana la sesera pero no atina, no atina con el clic debido que haga saltar la chispa de la interpretación adecuada.
Y sin embargo, y sin embargo mientras existan Roxanes seguirán existiendo Cyranos en la mente y en la percepción de los enamorados…

lunes, 6 de agosto de 2012

Las justas

 
La lectura comenzó puntual y, sobre seguro, se realizaron las catas mentales, por parte de los fiscalizadores al efecto, sobre el discurso leído. El estilo de la representación era clásico, o neoclásico tal vez, con efectos libérrimos y de amplio vuelo. Los fiscalizadores ronroneaban aprobatoriamente mientras efectuaban el planeo discursivo habitual. Y en muy raras ocasiones se lanzaban en picado sobre algún tropo aparentemente mal engarzado al conjunto.
Las justas de Calomarde, como era tradicional, se desarrollaban a lo largo de todo el día y, a pesar de ello, no resultaba fatigosa ni la tarea del lector, ni la de los fiscalizadores, ni, sobre todo, la del público oyente. El hemiciclo estaba abarrotado de admiradores que repartían su aprecio entre las virtudes del lector, bien puntuado, y las de alguno o algunos de los fiscales que alanceaban al texto leído.
No se trataba en puridad de una sesión telepática, pues las catas mentales comportaban signos externos de finura y sutileza endiabladas que el público conocedor degustaba con fruición.
Pero en esto, el orador inició una maniobra de regresión y comenzó paulatinamente a soñar, o ensoñarse, con el texto leído, bordeando los límites de la transgresión del juego. En efecto, el lector no debía integrar, o emitir, ningún parecer personal en el acto de la lectura, para evitar interferencias con las construcciones y sistemas que lanzaban al aire los fiscales.
El juego devino complicado y retorcido y comenzó a manifestarse en la mente de los presentes un árbol huraño que podía ser el del ahorcado, figura nefanda y cuya aparición marcaría indefectiblemente la disolución del juego.
Pero en ese instante el rictus sutil del lector figuró la aparición de una isla Afortunada, comodín clave que levantaba al momento la condena a la horca. El público estalló en una salva de aplausos. El lector se había impuesto a los fiscales y había ganado el juego.
En el cóctel que siguió a las justas, antes de la cena, alguien le preguntó al lector por su maniobra perfecta. Y éste comentó, esbozando una sonrisa, que se le había revelado durante la contienda la memoria de un digno antepasado suyo que visitó, en una ocasión, la isla de Tenerife. El contertulio exclamó admirado: “¿Una memoria anterior a la erupción final?, Tiene usted una mente retrospectiva prodigiosa”.

lunes, 30 de julio de 2012

Reptante, rampante

 
El niño trepó al árbol con la agilidad insultante de sus nueve años. Allá arriba, entre las ramas divisó la casa familiar, en lontananza, pequeñita y compacta, con sus contraventanas amarillas y su puerta verde.
Reflejó su imagen en el espejito de bolsillo que siempre llevaba consigo, además de una navajuela y otros adminículos auxiliares para una buena expedición, que podía montarse casi al instante. Se acordó de sus amigos, penando en la escuela, y su semblante se iluminó, feliz. El estaba allí, libre y solitario, dueño de sus silencios y de sus quehaceres, nadie le sojuzgaba.
En ese momento, su madre se asomó al alféizar y gritó: “Ignacio, hijo”. Ignacio pensó, en un primer instante hacer caso omiso de la llamada, pero recordó que había reincidido en esa jugada varias veces la última semana. “No colará otra”, pensó, y ya sin dudarlo, se bajó del árbol, tan gatunamente como había subido y corrió hacia la casa.
Oh sorpresa! La felicidad le había llamado de nuevo, su madre le requería para merendar, sabrosísimo chocolate con picatostes. Sentado a la mesa, con las piernas colgando, Ignacio se relamía y sorbía, sorbía y se relamía. Gran invento el de las madres y las casas dotadas de todo lo necesario para dispensar una buena merendola. Se dispersó en pensamientos aventureros y piadosos, los segundos por influjo de su madre, que ahora rezaba el rosario. Pero pudo la llamada del bosque y, casi sin limpiarse con la servilleta, se lanzó hacia la puerta para sortear nuevos escollos y derrotas.
Hasta la victoria final, se dijo, rompiendo una ramita, mientras ascendía por su garganta el primer filo de navaja de la maldita gripe.

lunes, 23 de julio de 2012

El pesebre viviente

 
Manteniendo enhiesta la composición, el pesebre gigante se disgregaba y se volvía a coordinar insensiblemente, siguiendo los movimientos naturales de los personajes que no siempre acertaban a mantener el tipo. Esa Navidad, las figuras vestían irreprochables, los adornos eran acordes con la orientación general de la representación, y las estructuras se mantenían, altivamente plantadas.
María y José, centro de aquella esfera humana, habían correspondido este año a Pili, la pescatera y a Fabián, el mozo del almacén de Don Andrés. Casaban bien, y ya las lavanderas murmuraban que harían estupenda pareja. Indiferentes al trajín del rumor, ambos contribuían eficazmente al mantenimiento general del Oficio.
Los Reyes Magos se acercaban insensiblemente al portal, con sus ofrendas tradicionales. La mirra de este año era sospechosamente blanca y polvorienta. Y Baltasar la custodiaba con mil ojos perdidos en fuga por los alrededores. Cuando la policía emprendió la Operación “Niño Blanco”, decidió darle la mayor resonancia mediática posible, cosa que no era difícil dado el entorno de la operación.
Uno de los perros policía se dedicó a olfatear meticulosamente la entrepierna del niño mientras Baltasar perdía su turbante al ser arrojado a tierra y una nubecilla blanca espolvoreaba a los más cercanos a la escena del crimen. La canallesca avisada por un soplo estaba al acecho, y cámaras en ristre, grabaron y retransmitieron el final de la Navidad del barrio a todo el país.

lunes, 9 de julio de 2012

La buena vida

Reticente ante la adversidad, Pascual era la viva imagen de la negación del destino. Porque la adversidad es la fuente y caudal del destino, se dijo Pascual mientras trotaba mañanero alrededor de su casa. Así, en un calvinismo laico, asumía las culpas del Universo. De sí, y sólo de sí, dependían los obstáculos, aparentes, en el camino. Pascual creía firmemente en la generación de su propio camino en la vida, con sus recovecos, manes y circunloquios. Resoplaba y se esforzaba mientras ascendía la costanilla más cercana, con su perrillo triscando a su costado.
Cuando despertó, en el hospital, le habían efectuado un triple by-pass. Comenzó la recuperación y, vivamente impresionado, se prometió a sí mismo: “No más deporte”. En todo caso suaves ejercicios de calentamiento o estiramientos. El día que sufrió la contractura de deltoides, durante su sesión de estiramientos, recordó su firme promesa y comprendió las consecuencias de la infantil salida, pecados veniales ejercitados día tras día. Y a partir de ese momento, cesó toda actividad física superflua.
Cuando vio por televisión el anuncio del diván autoportante, se dijo que esa era la suya. Fue de los primeros en incorporarlo a su vida diaria. Se echó sobre el diván y dejó que todo fluyera, especialmente el espacio que le separaba de cualquier objeto y para cualquier situación, dejando al diván la dura tarea de la locomoción que hasta entonces había sido bípeda. Pronto desarrolló una apariencia digna de peplum decadente. Gordo, deforme, con mirada bovina, lento de reflejos.
 Y en su vida ralentizada vio pasar al destino, porque el destino es lento, va a paso de hombre, sabiendo que acabará por llegar a cualquier sitio que desee. Lo vio empujando los divanes autoportantes de sus amigos, conocidos, y desconocidos hacia el horizonte de sus vidas. Y supo que las bolas del bombo de la suerte estaban todas amañadas. Y para acallar su conciencia que le pedía trazar de nuevo su camino, se sumió en un mutismo feroz.

lunes, 2 de julio de 2012

La comisión

Resistencia a la autoridad. Esa fue la conclusión de la comisión que investigó el asunto en el que se vio implicado el funcionario Periáñez. Acababa de sesionar y sus miembros se distendían tomando un café en la salita al efecto, soleada y recoleta.
Poco después, ya solazados partieron cada cual a vacar con sus obligaciones respectivas. La comisión era informal y no elevaba sus informes a autoridad alguna sino que residían sus conclusiones en el fuero interno de cada uno de sus miembros.
Ya habían pasado los tiempos de los tribunales de honor en cualquier corporación de que se tratase, así que, a efectos prácticos, se reducía a un cuchicheo cotilla redorado por la aparente formalidad de sus actos. Todos representaban su papel y ninguno sobreactuaba. Sólo en el caso fortuito del ascendiente personal de algunos de sus miembros trascendían sus resultados como una onda que, amplificándose, iba engullendo al resto del personal influyendo en sus actitudes respecto del investigado. Pero esos eran casos raros, aislados.
Históricamente la comisión, en sus sucesivas encarnaciones era la viva muestra de la mediocridad de sus componentes que tenían que buscar en el falso oropel en el que se envolvían la superación de sus angustias personales. Así fue en esta ocasión. El ansia de Periáñez por abroncar a cualquier guardia municipal no tuvo consecuencia alguna.

lunes, 25 de junio de 2012

Aquella silueta

La silueta se desvanecía en la mente de Aparicio mientras el merodeador ya hacía un buen rato que había huido. La casa de Aparicio era difícil de guardar, dos puertas y cochera, en pleno bullicio de niños y coches durante el día y serenas, por fin, al caer la noche.
Aparicio reintegró al interior el medio cuerpo que había asomado por la ventana del dormitorio, en el primer piso, y le daba vueltas a la idea de un posible robo u otros asuntos no menos truculentos. El hielo y la escarcha invadían las ventanas y las contraventanas.
Asediado por sus propios pensamientos, Aparicio se dirigió al pequeño sillón de su dormitorio con la intención de arrellanarse y seguir dándole vueltas al asunto. Pero antes de que pudiera alcanzar ese comodín mental, su mujer, Ana, salió del baño y se le quedó mirando de hito en hito. “¿Qué te pasa?”, le preguntó. Aparicio calló y finalmente se sentó en el silloncito. No lo sé, dijo, seguramente algo me ha sentado mal.
Y su esposa, pillada en falta, no evaluó la consistencia de semejante aserción, sino que la interiorizó y se preocupó, responsable. “Te voy a preparar una infusión”, le dijo y acto seguido bajó a la cocina. Aparicio se quedó sentado, pensativo, mientras la fragilidad y volatilidad de su situación se hacía patente. Una sombra, había bastado con una sombra.

martes, 19 de junio de 2012

Síndrome post-vacacional

Vuelve la ira, vuelve el ardor de estómago, la bilis, el malestar general, el dolor de cabeza impenitente. Angel flameaba y se estableció un cordón sanitario a distancia prudencial.
La hidra de siete cabezas se cobraba una víctima tras otra en los intestinos y los nervios de Angel. Este se transformaba poco a poco en un ciborg de pensamientos ajenos y sentimientos propios, y se engrandecía a ojos vista, convirtiéndose en un peligro mayor.
El desdichado no sabía que era poseído por un ente llamado síndrome postvacacional, que le reconcomía. Al contrario, se sentía fuerte y poderoso, con ganas de tumbar al más pintado. Dio un mandoblazo y cayó la pila de expedientes de su mesa, producto del trabajoso esfuerzo de los últimos días. Federico y otros trataron de controlarle, pero era tarde: el mecanismo, impertérrito, no tenía vuelta atrás.
Tendrían que esperar a que se desatara completamente la tormenta perfecta de la hiel. Al cabo de dos o tres horas, el proceso colapsó y restableció a Angel en su ser.
Este, que no sentía hacía ya demasiado tiempo las transiciones de su estado, se dirigió indolente a sus compañeros y, dicharachero, empezó a narrarles con pormenores las vicisitudes de sus vacaciones de verano.

martes, 12 de junio de 2012

El hombre enfermo

Recuerdo que era tarde…¿demasiado tarde? Quién podría decirlo…yo no, desde luego. El hombre se giró, volviendo la espalda a los problemas, ya quizá insolubles, y comió frugalmente.
Aquellos días Ricardo se escapaba del trabajo para intentar solventar alguna de sus cuitas. Así, tiraba por el camino del medio más de una vez, y de dos, hasta que acabó llamando la atención de sus jefes. Sus compañeros hacía ya mucho que veían a Ricardo perdido en sus mundos, como decía Gutiérrez. Acabaron por darle un toque de atención y se vio de pronto llevado en volandas al médico. Tras un test de memoria y otras pruebas, el diagnóstico fue claro, incipiente Alzheimer.
Ricardo soportó el trance con entereza y convicción en su calidad de enfermo. No rehuiría el rótulo que le imponían, pero tampoco se rendiría fácilmente a la impertinencia de la enfermedad rampante. Intentaría una maniobra de escape, ser un enfermo de Alzheimer para poder reírse de su enfermedad…Mientras pudiera. Y así comenzó a llevar en los bolsillos hojas de papel con las tareas del día, una agenda pormenorizada del censo de sus días. La consultaba frecuentemente menos cuando encontraba tiempo para sí mismo, como él llamaba a sus periodos de ausencia. Hacía a veces comentarios estrambóticos, pero su interlocutor no acababa de saber si se encontraba ante el Alzheimer o no, porque culminaba la jugada con un trompo irónico o sardónico que desarmaba la construcción entera.
 Estuvo perdido varios días, vagando por la ciudad, cuando volvió dijo que la ciudad era una fiesta. Ricardo sigue en ensoñación suspendida desde hace algún tiempo. Nadie sabe cuando despertará.

lunes, 4 de junio de 2012

El hombre de la luna rosada

La sinagoga del centro de la ciudad estaba casi vacía, el oficio era un ritual para casi nadie, tranquilidad y sosiego bien repartidos. En el exterior, el tráfago de la gran ciudad, una avenida arbolada, oficinistas de cierto fuste, ejecutivos y señoras ociosas. Algún perro paseando bien trabado de la correa. El espíritu de la mañana ronroneaba a gusto, era un día cualquiera en aquella primavera porteña.
El rabino tras cumplir su función salió a la calle para tomar el 86 dirección Primera Junta. Tuvo que hacer algo de cola pero pronto llegó el micro. Sentado, casi inerme, sin fuerzas, dejó pasar la mañana como una estela atravesando su mente. Ninguna emoción en especial le turbaba. Descendió del bus y caminó en dirección a su casa. Pensaba desayunar y preparar unos escritos que debía presentar en la tertulia de la tarde, con sus amigos.
La perorata versaría sobre Dios, una divinidad en abstracto, sin mucho que ver con las religiones al uso. Se había entretenido en formular un postulado que no le parecía demasiado traído por los pelos y ver qué podía ir derivando. Axiomas, teoremas, proposiciones. Llegaba a diversas conclusiones escandalosas para cualquier creyente, de casi cualquier religión.
Pero aquel juego le agradaba. Ponerse en el lugar del otro, del ateo o incluso del anti-teo era una experiencia refrescante. Se vio reflejado en una luna de un gran comercio. El otro sigue en ti, pensó. Y siguió caminando, tranquilizado.

martes, 29 de mayo de 2012

La guerra...y la paz

El encuentro tuvo lugar en la planicie colindante al valle donde tuvieron lugar los últimos enfrentamientos. La guerra no daba más de sí. Todos lo sabían y algunos lo temían. Las delegaciones de los contendientes acamparon bajo la luna y se aprestaron a pasar la noche. Al día siguiente se reunirían para parlamentar. Esa noche muchos la pasaron en vela, devanándose los sesos premonitoriamente con los entresijos de la conferencia del día siguiente o simplemente dejándose llevar en la duermevela por pensamientos divagatorios o de apaciguamiento.
Al despuntar el sol, los sacerdotes de ambos ritos oficiaron los rituales consabidos y se consagró el espacio sagrado de la reunión. Los oficiales de servicio despejaron el terreno de maleza y ramas, dejándolo como espacio exento. A media mañana las delegaciones se desplegaron sobre el terreno, en riguroso orden. Los secretarios empezaron con el trabajo de ir limando los puntos de aspereza que todavía constreñían el futuro acuerdo de paz.
Las negociaciones tenues, sutiles, duraron cerca de dos semanas. Finalmente, tuvo lugar la reunión de alto nivel entre los embajadores de ambas potencias. Intercambiaron delicuescencias diplomáticas en el antiquísimo idioma de la alta diplomacia. Al poco rato, después de los vítores y hurras de rigor, el espacio del encuentro se vació rápidamente de concurrentes. Todos tenían prisa por volver a sus lugares de origen y descansar y fabular las batallas que habían vivido.
El desierto fue de nuevo lo que siempre había sido. Los guijarros seguían luchando según antiquísimos planes de combate en una dimensión temporal geológicamente fuera del tiempo humano. Al cabo de eones la planicie se había cubierto de sedimentos desprendidos de las alturas del valle y todo esfuerzo humano había quedado cancelado milenios y milenios antes. ¿La paz? El arte de la guerra es natural, la paz es una excrecencia humana y como tal, perecedera, mortal y corruptible.

lunes, 21 de mayo de 2012

El juego

Prisionero del Necronomicón * de bolsillo, Ander deambulaba sin sacarse la mano del bolsillo derecho del pantalón, apretando firmemente contra su muslo el ejemplar. No podía evitarlo. Se había convertido en siervo de aquel tratado mistérico y debía pasearlo por toda la ciudad para su orientación y relajo. Notaba los latidos del corazón maligno que encerraba la obra en su seno. Repercutían en su mano, en su muslo, en todo su cuerpo. Reverberaba como el sonido de un vaso de cristal percutido regularmente.
Y ese ritmo sobrevenido le hacía acompasar sus pensamientos y sus actos al orden del pequeño corazón pulsante. Sabía que nunca acabaría de sentir aquel pulso en su entraña. Una vez hecho presa, el trasgo no soltaba jamás el bocado. Por lo demás, se acomodó bastante bien a aquella situación y pronto le pareció que siempre había vivido siervo del libro. No era un ser doble, como una estrella doble, fatídicamente unida la pareja estelar por tramas gravitatorias ineluctables; su ser había mutado, bien era cierto, pero ya había olvidado su anterior condición, su respiración preterida.
Ander aminoró el paso, se acercaba al punto, quizá fatídico, al cual el ser del libro le guiaba inconscientemente. Era el edificio del Museo de Ciencias de la ciudad. Al entrar, le salió al paso la gran imagen del péndulo de Foucault, midiendo la traslación del planeta. Pensó que él mismo era un trasunto del péndulo, resonando según las fuerzas del mal que le poseían. Medía el círculo de la maldad en el mundo, cada vez de mayor amplitud, según notaba.
En la gran sala donde reinaba reconstruido el esqueleto del brontosaurio comprendió que aquel había sido un animal de compañía del homúnculo dominante en su nuevo yo. Y reconocer una pertenencia del otro le hermanó instantáneamente con el monstruo prehistórico. Y le hizo comprender que el bien no lo tenía todo perdido: desde la inanidad moral del brontosaurio el otro tenía ahora que lidiar con un ser moral como era él, Ander, o al menos había sido antes de la posesión.
Acarició suavemente el lomo del libro en su bolsillo, aquella jugada no iba a ser la última. Y si había partida, el ganador no estaba señalado de antemano.
Ander salió del museo menos unidimensional de lo que había entrado. Empezaba a conocer las reglas del gran juego del bien y del mal.  







* Para H. P. Lovecraft, autor de fantasía y terror, en el ciclo de relatos de Cthulu, libro maléfico y maldito escrito por un monje árabe loco.

martes, 15 de mayo de 2012

Proverbio del olivo



El entorno del olivo entonó un mea culpa que resonó por todos los frutos caídos, a modo de trémolo compaginado con una suave pero persistente brisa. Andaba el árbol contrito por la escasez de frutos producidos en aquella estación. Salvaguardaba la savia como era su costumbre y la clorofila, comme d´habitude. Pero no se avenía a razones, el pobre.
Todo su mundo le decía que había perdido ¿qué? No lo sabía, sólo era un árbol en un olivar. Aprovechó ese instante de incertidumbre para mejorar su riego desde una alejada radícula. Satisfecho comprobó que todo su sistema estaba en orden. ¿Orden? El que le había conducido a aquella penosa situación. No producía lo suficiente. Problema sin solución, ¿eso dejaba de ser un problema? Funcionalmente podía ser, pero afectivamente…
El olivo necesitaba de la caricia del viento entre sus hojas, del ritmo voraz de sus insectos y pajarillos, de la lluvia feraz, incluso del rayo traicionero que alguna marca, alguna vez, le había dejado en su tronco.
Y por encima de todo, necesitaba de la alabanza, ruda alabanza, de sus recolectores y vareadores, sí, aquellos que practicaban con el palo y tentetieso entre sus ramas. Y aquella estación se veía privado de tal estímulo, por culpa de su maldito estreñimiento.
Sumido en sus pensamientos, el árbol no sintió una hojita que se soltaba de repente, volandera y se posaba, con dulzura, sobre los frutos caídos y no recogidos. Rumia árbol tus pensamientos, que perderás cada vez más tus frutos.

martes, 8 de mayo de 2012

Amor

El epicentro de su vida era aquel perro, del que emanaban ondas vibratorias que masajeaban constantemente su corazón. Artemio acababa de pasear con Chicho por el parque y ahora lo dejaría en casa hasta el mediodía.
A poco que no lo intentase recordaba a Chicho a lo largo de la mañana, en el trabajo, en el desayuno, hablando con los compañeros, y, ya, llegada la hora, abría con el corazón anhelante la puerta de su piso donde le esperaba Chicho hambriento de carantoñas y pamemas. Era su vida, la de una pareja equilibrada, sensata y consciente de sí misma.
Los meses y los años transcurrían dichosos (en general) y fluidos. No perturbaba la convivencia ningún monstruo grande o pequeño. En suma, se acoplaban perfectamente.
Cierto día, Artemio encontró a Chicho abatido y contrito esperándole detrás de la puerta del piso. Gimoteaba y no hacía mucho caso de las atenciones que le prodigaba su dueño. Artemio pensó en cualquier contratiempo, una enfermedad, un súbito desmayo y pidió hora con el veterinario.
Tras la inspección de rigor, la noticia: Chicho era hermafrodita, sus genitales femeninos habían tardado mucho en desarrollarse y estaba embarazada. Desconcierto tras la sorpresa y preparación para el embarazo.
Y la duda: ¿a qué sexo encomendarse a partir de ahora en la acolchada relación entre Chicho y Artemio?

Eva amada

El orden se derrumbaba sin remedio. Las vicisitudes por las que pasaban los hombres no eran sino penalidades y esfuerzos ímprobos. Sonaban ya los clarines del final de una era y el desconcierto era máximo.
Sujetando un par de columnas del templo de la Seducción, Eva lloraba por la muerte de sus amantes, vencidos en la batalla del tiempo. Ella podía llorar aún, pero no le quedaba ya mucho tiempo más. O bien mirado, sí. Septuagenaria, que no nonagenaria, le quedaban todavía unos veinte años de vida. Pero, ¿qué clase de vida? Sin pareja estable, la seducción y el sexo no parecían ya el camino trillado que hasta ahora transitase.
Estaban las residencias de mayores y los viajes del IMSERSO. Pero Eva picaba demasiado alto para todo eso. Los cócteles y saraos en embajadas y centros oficiales le cerraban las puertas a estos efectos, así como las recepciones en salones y fiestas varias. Que habían sido su coto de caza preferido en los últimos cuarenta y cinco años.
Eva comenzaba a desesperarse y se preparaba para el encierro más o menos solitario en sus propios salones y habitaciones al modo, quizá no tan dramático de la marquesa de Merteuil, pero sí en similar confinamiento. Y de repente, se dio cuenta de que la vida la había derrotado finalmente. Había perdido su vida. Concentrada en ese orden de pensamientos, poco a poco experimentaba una clara transformación., de ente material a ente espiritual puramente.
O por así decirlo, su inversión vital ya no se realizaría materialmente, o bien sólo residualmente. Asumiendo plenamente esas ideas y sensaciones, su espíritu, ella misma ya, se liberó de las ataduras de la carne. Y se convirtió en un espíritu libre. Ya no esperaba nada y todo le llegó por añadidura.

martes, 1 de mayo de 2012

Vacación soñada

 
Pedro soñaba con volar a Croacia y dormitar en una playa semi-desierta, a ser posible. A Nacho le hormigueaban la nariz y las meninges a propósito de otra nariz, la de la Gran Esfinge. Curro revoloteaba mentalmente por el Tirol y aledaños. A qué seguir, la variabilidad de ansiedades, deseos e ilusiones del personal en relación con el tema vacaciones, era tan amplia como dilatada la tropa.
Pero aquel año, había decidido el jefe, se cerraba en agosto, lo que contentaba a unos e indisponía a otros, más o menos por igual. Egipto, por ejemplo, quedaba relegado ad calendas graecas. El Tirol OK. Ya contritos, o bien contentos, todos comenzaron con los preparativos de la gran vacación anual. Se respiraba un ambiente raro en la oficina, mezcla de ansiedad por la proximidad del evento y relajación por sus consecuencias. Nadie añoraba desde luego otra atmósfera mental. Pero, curiosamente, nadie parecía demasiado conmovido tampoco.
Las cosas se mantuvieron a medida que se acercaba el 1º de agosto. La noche anterior a la salida, casi todos sufrieron algún problema de sueño, las vueltas en la cama se empezaban a contar, los pensamientos rumiatorios se acrecían. Derrotados pero contentos amanecieron los veraneantes, pues ya ésta era su condición, el primer día de agosto. Todos se encaminaron a la oficina de Sueños y otras Imposibilidades, que estaba bien céntrica.
Aquel día el programador central de cielos había estatuido nuboso con claros en toda la macroesfera. Poco a poco, tras rigurosa cola, se fueron adentrando en las oquedades dispuestas al efecto para los soñadores, ilusos y alucinados, como eran tradicionalmente denominados los usuarios de aquella oficina.
Y, conectados al sistema mediante ondas bidireccionales empezaron a soñar, a alucinar con sus destinos elegidos. La sensación era óptima, lástima que debido a las restricciones al uso, la utilización de aquellos simuladores se restringiera a una vez al año como cuando antiguamente, en la Tierra, los países occidentales acordaban vacaciones para sus trabajadores. Y el cupo de vacaciones se agotaba, pues la Sala del Suicidio Inducido funcionaba a pleno rendimiento para aligerar personal, y carga a la macroesfera. ¿Qué hubieran dicho los sindicalistas de antaño?

lunes, 23 de abril de 2012

La bella molinera

El molinero era un hombre acomodado, sus negocios marchaban y su cuadrilla, de hombres fieles, le acompañaba con buen tino en su quehacer. Eran años buenos, las sequías recurrentes de antaño parecían olvidadas y el arroyo bajaba cantarín y cristalino. El molino medía acompasadamente los embates del agua y seguía girando. El molinero tenía una hija, de modestia y belleza pariguales, que salía todos los días de casa de su padre para dar un paseo por la campiña circundante.
Una tarde, a principios de otoño, se encontraba plácidamente recogiendo florecillas a la vera del cantarín arroyo cuando sintió la presencia de alguna persona próxima. Miró en derredor y vio a un joven, lozano y apuesto, que surgía de los cañaverales. El mozo la saludó con amabilidad y ella le respondió de igual manera. No quiero aburrir al lector con una narración que ya es previsible. Sólo diré que, un mes más tarde, aprovechando los últimos rayos de sol se encontraban solazados con el tañer de la cítara del muchacho, que cantaba bellas canciones a la molinera. Esta le había regalado una cinta verde, prenda que llevaba atada a la cítara y revoloteaba con la brisa vespertina. El mozo había ingresado en la cuadrilla y despuntaba con maneras de capataz, trabajando duramente toda su jornada. El resto del día lo pasaba con la bella o soñando con ella a solas.
José se recitaba a sí mismo, en su pensamiento, estas líneas correspondientes al desarrollo del ciclo de lied de Schubert “La bella molinera” mientras degustaba mental y hasta físicamente su música maravillosa. A partir de aquí empieza la tragedia, pensó. Pero justo entonces sonó el teléfono con la insistencia que sólo adquiere en circunstancias semejantes, de dicha y solaz. José se desconectó de la música que seguía sonando, ya sólo como música de fondo y atendió la llamada. Su amigo al otro lado del hilo no le transmitía precisamente sensaciones placenteras. Le anunciaba lo que le parecían signos premonitorios de un golpe de estado. José, aún imbuido de la atmósfera calma y maravillosa del lied, templaba gaitas. En aquel momento el Presidente Allende salió de su despacho y al pasar por delante del despacho de José, se dirigió a él y le dijo “Espléndida música esta Bella molinera”.

lunes, 16 de abril de 2012

El informe

El informe surgió de las profundidades mentales de la intelligentsia de la oficina, ascendiendo a la superficie del papel en borborigmos y espasmos, o sea en forma de borrones mentales empastados. Naturalmente había que leer el informe para descubrir tales deformidades y monstruos, cosa que no era tan frecuente en la cadena humana que unía a genitores con receptores y lectores finales. De hecho, sólo una secretaria interina adivinó e interpretó cabalmente el alcance del destrozo producido. Pero como la cosa no iba con ella se limitó a iniciar un mohín entre resignado y alterado que no acabó siquiera de esbozar.
El informe se evacuó.
Cuando alcanzó los más altos estratos de la incompetencia administrativa, descansó y reposó. Su lectura fue aparentemente meditada y reposada, deglutida y digerida. Pero en realidad, su utilidad fue, simbólicamente, la de papel de letrina. Los manchones iban acumulándose, y ya no destacaban los originales. Cuando los distintos tintes se fueron secando, se unificó el mapa mental resultante de la exposición a tal engendro.
Colusión de intereses, hubiera alertado cualquier periodista, pero ninguno pasó por allí. En efecto, la oscura red de mentes pensantes que se anudaba por todo el ministerio y de la cual era uno de los nodos menores aquella lejana oficina, tenía por norma de acción fundamental la homeostasis, y así fluctuaba entre varios potenciales sin salirse nunca de los límites de variabilidad estipulados a fuego en la mente y el corazón de aquella raza de funcionarios.
Resultado: la apariencia de resultado, que no alteraba nada importante, ni siquiera baladí. Recuerdo que el informe fue perfectamente registrado y archivado.

lunes, 9 de abril de 2012

Sueño de la razón

Se recentró en la tarea y meditó un instante, la maqueta comenzaba a tomar aire, nunca mejor dicho, el vuelo del avión que le transportaba despegaba en ese momento. Era un modelo diminuto, que cabía perfectamente en la bandeja de su asiento frontero, las azafatas y los pasajeros que pasaban a su lado le echaban furtivas miradas.
Realizó la maniobra correcta para insertar la pieza adecuada y el avión también maniobró virando su rumbo. Estaba decidido a acabarla durante ese vuelo y trabajaba con empeño.
El vuelo era largo, trasatlántico y de noche en duermevela. A medida que pasaban las horas se iba cansando de la postura forzada que tenía que adoptar, encajonado como estaba en ese asiento tan pequeño y con tan poco espacio para desplegar las piernas. Se levantaba y recorría lentamente los pasillos hasta llegar a la cola de la nave para pedir una naranjada, después deshacía el camino y reanudaba el trabajo.
Pero algo andaba mal, le faltaban piezas, el pegamento no era el adecuado, el plano era incorrecto, el caso es que la tarea marchaba mal, francamente mal. Entraron en zona de turbulencias y los baches de aire lograban despertar a más de uno dejándolo azorado unos instantes. Caían rayos que envolvían al aparato. De repente el pasajero del Airbus tomó conciencia de que nunca acabaría la maqueta. El rayo descargó sobre el avión.

lunes, 2 de abril de 2012

La rentrée

Al acabar el verano, los quehaceres pendientes acumulaban sobradamente trabajo para un par de meses. “Vaya veranito”, pensó Gómez sentado indolentemente en su escritorio. El otoño ya se sabe es una de las estaciones de la lasitud. Los sustitutos habituales, como siempre, habían pensado prudentemente que lo importante no era cosa suya y lo de trámite no era imprescindible.
Consecuentemente, a Gómez y a sus compañeros les caía encima a cada nuevo comienzo de curso un chaparrón, un aluvión difícilmente digerible antes de Navidades. Acompañaba al trámite un recorrido mental parejo que constituía una de las características fundamentales de todo oficinista. Era un divagar, un si es no es de espíritu que los convertía en gallegos de adopción -nunca se sabía si subían o si bajaban-.
Gómez cogió un papel, al parecer al azar, pero no, y lo sometió a la terapia habitual: certificado, informe, propuesta y finalmente compulsa. Depositó el resultado en el cajón de “salidas” y se quedó inmóvil, satisfecho. Era la proeza de la burocracia, crear de la nada, ex novo, un problema, allí donde no había sino fárrago y confusión, sobre todo mental.
Gómez se sumió en un profundo vacío interior, común a casi todos sus compañeros al menos en horas de oficina y siguió aplicando los mantras oficinescos en horario riguroso. Se dio cuenta de que el mundo se acababa peligrosamente en los confines de la oficina. No sabía nada de espacio pero sí de tiempo: llegaba la hora de echar el cierre por hoy.

lunes, 26 de marzo de 2012

La expo

La gran exposición acababa, las últimas riadas de visitantes inundaban el recinto y se desparramaban por los alrededores. Nadie sabía qué iba a pasar después del cierre definitivo. Se hablaba, y mucho, de planes grandiosos para la conversión de la expo en complejos de investigación y desarrollo y zonas de ocio cultural, pero nada andaba muy claro todavía.
Francisco José deambulaba como casi todos los días de los últimos seis meses, iba de aquí para allá como eficiente abeja zumbadora, buscando polinizar y optimizar los resultados del parque. Era uno de los encargados de la logística de uso y era conocido por preguntar sin parar a todos y todas sobre cualquier faceta de la vida de la exposición universal. Intentaba recabar información, naturalmente, para disponer de los datos y coadyuvar así a la mejora de la eficiencia de la organización.
Esa era la versión oficial. La otra, la de primera mano, era muy distinta. Francisco José, se había convertido en un yonqui del parque. Absorbía todos sus efluvios, por así decirlo, chutándose con ellos para no sufrir un mono irremediable. No era el único que padecía aquel síndrome de “parque en vena”, había aprendido a reconocer a los afectados de una simple ojeada. Y todos los que estaban en el secreto formaban una cofradía mistérica y famélica (de datos), jauría humana que ladraba y aullaba sus penas en las noches de luna llena.
Francisco José se preguntaba qué sería de él y de sus congéneres una vez echado el cierre, temblaba ante semejante idea. Y poco a poco le entró en el caletre la obsesión por desintoxicarse. Se había dado cuenta de que el frío ayudaba a “enfriar” también su cabeza. Y se pasaba a ratos perdidos las tardes de solana en las inmediaciones del iceberg del pabellón chileno, gigantesco cubito de hielo que contribuía al sosiego polar de cuantos le rodeaban.
Cuando cerró el parque, Francisco José aprendió a reconocer a sus congéneres, de otras procedencias y devenires, por la forma exquisita en que sorbían, mimándolo casi, el hielo pilé de sus granizados en cualquier cafetería. Pero ninguno de sus antiguos colegas, ni él mismo, abandonaron aquella sureña ciudad por otras latitudes más norteñas, como si el recinto del parque abandonado ejerciera sobre ellos una misteriosa atracción.
Se decían que en el subsuelo quedaban las 9/10 partes del iceberg enterradas y mantenidas a salvo de licuefacción por el aislamiento del terreno. “En todo caso”, se decía Francisco José removiendo amorosamente el hielo granizado, “el Titanic de sus vidas había ya pasado de largo”.

martes, 20 de marzo de 2012

O tempora...

Se recuperaba la red, los nodos iban escupiendo información y el sistema se activaba lentamente. En el centro de periodismo de Atlanta las pantallas refulgían y parpadeaban con las emisiones de las cadenas de los informativos mundiales. La hora H era a todas las horas del día, se emitía y recibía en continuo las 24 horas. Cuando no atacaba Europa o Estados Unidos, lo hacían Japón o China, si no Australia.
Alan se repetía este mantra una y otra vez a modo de ejercicio espiritual, o espiritista quien sabe. Redactor de la sección de economía, sus días últimamente flotaban entre malos datos de coyuntura y brotes verdes, pronto secos, (¿o acaso los liofilizarían?). Parloteaba sin cesar con Agata una becaria chilena de buen ver, peloteándose cifras y datos a cual más oscuro y romo. Pero tenían la misión como dos galeotes amarrados a sus bancos de la galera, de contribuir a la buena marcha del barco de las emisiones televisivas.
Y a fuer de verdad, no cejaban en el empeño, solícitos, casi amorosos con los brotes verdes que eran la verdadera noticia de aquella época, les estiraban las hojas, los regaban, hasta los abonaban con la mierda de otras noticias, menos positivas, más negras cual humus periodístico. Casi al mismo tiempo, a los dos se les ocurrió de repente que sería buena idea hacer excursus hacia otras noticias fuera del ramo estricto de la economía, y engarzar con sentido y tiento algún apunte de sucesos o de política general, más que nada por llamar la atención del espectador y contribuir de paso a la tendencia culmen de la época, la sopa calentita donde todo cabía y todo se mixturaba.
A sus jefes les gustó aquella innovación y pronto, a modo de microchips, entre dos noticias realmente económicas saltaba la liebre de un avión siniestrado o mejor aún de alguna historia personal relativa al suceso. La audiencia subió y la tendencia se extendió pronto a las noticias del corazón, con lo que las crisis cardíacas, se entremezclaron con la bolsa y los futuros.
Pronto, pensó Alan tendrían que vivir sus vidas de pobres periodistas en las ondas digitalizadas de la televisión y acampar sus cuitas, amorosas o de otra índole a la intemperie de la mirada de la audiencia, la cual, identificándose con nuestro vivir, acabaría por ser amoroso colchón de nuestros regocijos o penas amorosas, afectivas…

miércoles, 14 de marzo de 2012

Sueño e imaginación

La pelota estaba en el tejado, literalmente. Los niños, jugando, habían desarrollado un instinto de elevación que transportaba al balón al tejado de la casa suburbial de planta baja y primer piso. El escritor contemplaba desde la ventana de la casa frontera, la escena. Era junio y hacía un calor que anunciaba cálido verano. La vida se afianzaba, lenta y firme, seguramente. El escritor, como podía, levantaba acta, daba fe y redoblaba su atención y esfuerzo en mantenerse a la altura de los tiempos atmosféricos, cuando menos. No se le escapaba la vida, el calor, la fuerza infantil, pero sí que sentía que se perdía por un sendero que le alejaría progresivamente de todo eso. “La madurez siempre acaba atrapándonos”, pensó.
Y continuó con la literalidad de su obra presente. Ahora retumbaban cañonazos fortísimos, ya estábamos en plena noche y se festejaba a todo estruendo de fuegos artificiales el día de la independencia nacional. El escritor se había quedado dormido sobre sus papeles, quizá laureles. Pero era un escritor cuasi novel, sólo había publicado una vez y de penalti. Así que sus laureles eran sobre todo imaginarios, premonitorios si pensamos con cierto optimismo. Estaba en un periodo difícil, artísticamente hablando, de transición entre un modo y otro de afrontar su tarea literaria. No sabía, claro está, en qué desembocaría su andadura, pero él caminaba con paso firme, todo lo firmemente que le dejaban las ráfagas de su imaginación.
Y de pronto asoció los estridentes cañonazos del exterior con su guerra intestina, tampoco cruel pero menos festiva. No sabía qué hacer. Así que se fue con la música a otra parte, esto es, los cañonazos mutaron en golpes armónicos de una orquesta gigante, como tutti fuertemente contrastados y su cabeza siguió, siguió hasta pergeñar en su mente dormida pero soñadora el esquema bien ceñido de una novela simbólica y serena. Cuando se despertó la novela todavía seguía en su cabeza.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Caza

En la mañana del día de los corrientes, sostuvo entre las dos manos el hilo dental, procediendo a su aseo. Parsimoniosamente, diente a diente realizó la limpieza, se miró en el espejo del baño con media sonrisa adormilada y salió de la pieza. Limpió el ánima del arma y, bien pertrechado, salió de caza.
El campo de tiro le pillaba lejos, así que pasó con su coche cerca del sector dispuesto a disparar a uno o dos reluctantes. Cuando alcanzó la alambrada, espió con sus prismáticos y vio a una presa salir de una casa baja, a unos cien metros de donde se hallaba. Disparó y la abatió. Contento con su proceder, buscó otro blanco y otro y otro. Tres dianas sobre cuatro. No estaba nada mal.
Al concluir la jornada, en su casa, entró en Internet en una de las páginas de los reluctantes y vio la noticia de las tres muertes, “abatidos por la furia del cielo”, qué gracioso, pensó, menudo retórica se gastan estos gachós. Haciendo memoria para un imaginario informe, recordó que los reluctantes, aproximadamente la mitad de la población, se habían confinado voluntariamente en un encierro físico y a la vez mental, por el que todo dependía de la voluntad divina, expresada fehacientemente.
No se sabía si se trataba de un delirio cognitivo, de una serie de prejuicios, o de un fanatismo tan ciego que perdía la noción de cualquier asomo de realidad. El caso es que, al haber conseguido una jurisdicción propia, no se sabe por medio de qué retorcidas maniobras políticas, nadie podía ser imputado por nada de lo que infligiera a aquellos pobrecillos.
Y era bastante corriente que la gente de fuera, saliera de caza a los alrededores del perímetro alambrado. Sí, pensó, este deporte ha tomado mucho auge.

jueves, 1 de marzo de 2012

El anillo de Yasmina

El anillo se perdió por el camino del Lobo, cuando la caravana fue atacada por los bandidos. La cajita en que iba encerrado fue depositada a toda prisa por un mercader en peligro en un recodo, y luego no fue vuelta a recoger, quizá porque el mercader ya no iba a ninguna parte.
Yasmina iba como todos los días a por agua al manantial cuando se detuvo a descansar bajo uno de los pocos árboles que por allí ornaban al paisaje. Se recostó y se desperezó cuando su mano topó con la cajita del anillo. La abrió y quedó asombrada por el fulgor de la piedra engastada y su belleza. Rápidamente, la escondió en un repliegue de su falda.
Volvió a casa de sus amos, confusa, entre contenta y aturdida. No sabía qué hacer. Si la sorprendían con el anillo en su poder difícilmente podría justificar su posesión y, como poco la despedirían de aquella casa. Contrita, se dirigió a Salma, la cocinera, que sin duda la ayudaría. Cuando le expuso la situación, Salma se paró un momento a pensar y le dijo: “Yasmina, sin duda eres la poseedora natural de la joya pues quien la abandonase ya no tiene derecho alguno sobre ella, lo mejor que puedes hacer es lucirla sin rebozo alguno”. Yasmina quedó asombrada ante aquella respuesta y se dijo a sí misma que lo pensaría mejor antes de hacer lo que Salma le proponía.
Esa noche Yasmina tuvo sueños inquietantes y lo que mejor recordó de aquella noche era esto: Un gran pájaro se abalanzaba sobre una caravana y le arrebataba a un mercader el anillo llevándoselo a su nido, pero uno de sus polluelos lo alzó con su pico y lo lanzó fuera del nido, cayendo bajo un árbol, el árbol donde Yasmina lo encontró.
No necesitaba que nadie interpretase aquel sueño para darle a entender lo que realmente había pasado: unos ladrones habían atacado a una caravana de mercaderes y de resultas del asalto el anillo había quedado oculto junto al árbol del camino. Yasmina ya sabía que no debía seguir el consejo de Salma pues los ladrones tenían oídos por todas partes y si llegaban a saber de la fantástica historia que tendría que ir contando a todos para justificar la posesión del anillo, vendrían sin duda a arrebatárselo.
Así pues, hizo lo que debía hacer, dejó el anillo en el dormitorio de su ama, que, cuando despertó, no pensó en otra cosa que en agradecer a su marido tan generoso regalo. Este, muy impresionado por la solicitud de su esposa, dulcificó su carácter, de natural algo agriado, y trató a partir de entonces con el mayor favor a la servidumbre de la casa. El anillo, maldito por su origen, se acabó convirtiendo en una bendición. Y lo más importante es que Yasmina floreció, sonrió y encontró un marido que la quiso y la bendijo con varios hijos.

jueves, 23 de febrero de 2012

Maldita eternidad

Reunión en el psiquiátrico. El jefe médico y su equipo dirimen en la sala de juntas la evolución de algunos casos, especialmente los más añosos y cronificados. Es una reunión de mero trámite, bien lo saben, pues esos casos raramente evolucionan favorablemente, más bien todo lo contrario, en su caso. Así pues, no flotaba en el ambiente la tensión que podía propiciar batallas mejor encaminadas.
José, prácticamente estaba en el balneario, levitando interiormente hacia destinos más sabrosos y mordientes, hacia el Caribe. No se le notaba demasiado, como al resto de componentes del equipo, poniendo cara de circunstancias al escuchar perorar al jefe. Este tenía a gala exponer reiteradamente la historia de cada caso, de sobra conocida por todos los asistentes. Y así, un ambiente mortecino y relajado se extendía plácidamente por la sala, lo que, a esas horas de la mañana convenía especialmente a la tranquilidad espiritual de los acólitos. José mordisqueaba un lápiz al estilo de alguna fruta tropical que vagamente recordaba de algún viaje más o menos lejano.
 De pronto la voz aguda del jefe médico les indicó que era hora de prestar alguna atención a su discurso. Llegaban al punto álgido de la reunión, que también se aprovechaba para temas de personal: las vacaciones de verano. De repente, una catarata de exabruptos, vahídos, flujos incontenibles de verbosidad, colmaron la paz del lugar. José desde luego quería, como todos, las mejores fechas para su próximo viaje caribeño. Había que maniobrar con cuidado porque la nueva jefa de enfermería, se había revelado como una arpía de marca mayor y podía pisarle las fiestas. Pero, para gran sorpresa de José, estaba intentando negociar sus vacaciones para…¡noviembre! No había cuidado, esta vez todo estaba arreglado, tendría su Caribe a la temperatura y la hora del huracán exactas.
De pronto José recordó a José, su tocayo y paciente de muchísimos años, residente permanente. Pensó en qué Caribes mentales andaría metido, y de los que no saldría ya quizá nunca. ¡Qué suerte! Confinado en el paraíso…y por un instante se le pasó por la cabeza que el infierno y el paraíso sólo se diferencian en el transcurso del tiempo: el paraíso no dura, el infierno sí.

viernes, 17 de febrero de 2012

Iluminación

Resultado y puntuación: 10 a 0. El equipo local vibra de entusiasmo y alegría, han roto literalmente al contrincante. Llovía en el exterior del pabellón y se ensuciaban los cristales. El interior era ciertamente más luminoso. En vestuarios el jolgorio se desata. Ethan ríe y llora a la vez. Sabe que se acerca el momento. Tendrá que luchar contra los verdes dragones para convalidar el resultado del juego. Sus padres le acogen con cariño y se van a casa.

En su cuarto Ethan enciende el ordenador y espera que aparezca la pantalla correspondiente. Se enfrascará en la partida un buen rato. Por lo menos hasta derrotar a uno o dos dragones (¡ay, qué lejos queda San Jorge!). Pero el día se está torciendo y Ethan pierde a sus caballeros, uno tras otro. Finalmente, abatido, da por perdida la ocasión y cierra el programa. Una lágrima asoma a sus ojos, ha perdido la ocasión y no le será tenido en cuenta el resultado del juego de esta mañana con sus compañeros de clase. El Gran Programador se ha cerrado en banda. El Programa Central no responde.

Su actual realidad virtual puede que se esfume en poco tiempo. Tiene que hacer algo.

A los dos días los noticieros de todo el país abren con la masacre del instituto, perpetrada por un Ethan iluminado.

lunes, 13 de febrero de 2012

El Armagedón

Se levantó y caminó en dirección al poste de teléfonos, dos pasos, tres pasos, ya estaba al pie del poste. Tenía una forma curiosa, le pareció al pronto. No sabía qué era, pero algo destacaba o fallaba en la estructura general de la pieza.
Descartó esa idea y comenzó a trepar, bien asegurado. El operario de teléfonos procedía una vez más a la reparación del tendido. En lo alto unos pajarillos danzaban alrededor de los cables, se sintió agradecido por el día y la soledad reluciente en que se veía envuelto.
Una vez en el suelo, cogió su caja de herramientas y caminó hacia su furgoneta. Estaba eléctrico realmente. Se sentía rodeado de un aura de energia y cuando se sentó ante el volante no le hizo falta echar mano de la llave de contacto, el coche arrancó. De camino a casa, notaba que su nuevo campo magnético alteraba los semáforos a su paso. Curiosamente, siempre se ponían en verde. No estaba muy sorprendido, sino fatigado por la jornada de trabajo.
Al llegar a su casa, las luces se encendieron sin que las prendiera y los electrodomésticos bulleron de vida sin más preámbulos. La televisión entre otros, claro, y se sintonizaba, oh casualidad, su programa favorito. Al lavarse los dientes, se creó un arco voltaico de notable belleza. Se acostó con el pelo erizado, le costaría peinarse al día siguiente, pensó. Y se durmió.
Tuvo sueños extraños y sobrevoló yermos y campos floridos.
Se despertó a la mañana siguiente y le saludaron a coro todos sus aparatos eléctricos. Le hablaban. Se había convertido en un hombre de metal. ¿Un robot?
Y cuando salió a la calle el sol estaba negro y llovía azufre. A él no le afectaba pues tenía una fuente de energia independiente, pero los mortales a su alrededor caían como moscas.
Una semana después, subido a un poste telefónico, echó de menos a los pajarillos gorjeantes, pero en cambio una miríada de aparatos eléctricos estaban con él, haciéndole compañía.

sábado, 4 de febrero de 2012

García, semper vivens

Remontándose a antiguos tiempos, enlazaba pretérito y pasado con presente y puesta al día. El genealogista, Julián, amaba realizar tales ejercicios mentales, apoyándose en la documentación que tuviera a mano. Acababa de rastrear la genealogía de un famoso apellido, García, hasta la décimo novena generación y eso daba pábulo a fantasear con fabulosos rastros del pasado. Lo original de su ejercicio consistía en que la cadena temporal le alcanzaba a él mismo, García también, y así podía luchar contra fantásticos enemigos y alzarse con el trofeo de doncellas de inmarcesibles belleza y virtudes.
Julián estaba felizmente emparejado con Gabriela, pero ello no era óbice, naturalmente, para realizar sus exploraciones erótico-fantasiosas de rigor. ¡Hasta ahí podíamos llegar, que el amor de una esposa se entrometiera con su ramillete de beldades in mente! Raramente además se entrometían ambos órdenes de la realidad, o de la fantasía, por lo que sus deseos, más o menos libidinosos de guerrero victorioso, no interferían en nada con su vida diaria con Gabriela.
La puesta al día de sus asuntos amoroso-guerreros consistía en un ejercicio específico por el que repasaba brevemente todo su historial al respecto y descartaba o adjuntaba alguna flor a su ramillete. No siempre perduraban los amores corteses, a veces en política amorosa es necesario realizar algún trueque o intercambio y además estaban los avatares naturales de fallecimientos, traslados y matrimonios. Porque las bellas doncellas también eran o habían sido humanas.
Sabía que, por condición femenina, entraría en conflicto con su esposa de descubrirse el pastel, pero era un hombre morigerado y jamás traslucía sus devaneos fantasiosos, ni era pillado en un renuncio durante la siesta o aletargado en el sofá contemplando algún programa con su cónyuge.
En suma Julián era un hombre razonablemente feliz en ambos mundos, el real y el de la fantasía, enlazada con su trabajo. Con lo que el conjunto de su devenir resultaba armonioso.
¡Larga vida a los García!

sábado, 28 de enero de 2012

Gravedad atenuada

El envío partió en tiempo y forma del cosmódromo de Baikonur, una vez parte de la antigua URSS. Era un regalo de pelotas de tenis que le hacía Ander a Cristina, destinada en la estación espacial europea. El módulo automático atracó en un extremo de la estación hasta donde se desplazó Cristina para recogerlo.
Ya habían pasado los tiempos de la ingravidez en el espacio, ahora todas las estaciones espaciales disponían de gravedad artificial, un tercio de la de la Tierra. Por ello, los juegos malabares y de otro tipo que podían realizarse con pequeños proyectiles eran fabulosos y dignos de antiguas hazañas míticas.
Cristina tentó las bolas en el recinto de juegos, en solitario con una espejeante imagen de realidad virtual devolviéndole las tiradas. Al rato, bastante cansada volvió a su cabina para ducharse. La lluvia micronizada la relajó y distendió sus músculos atenazados por la tensión de aquella misión.
Monitorizaban para una empresa euroasiática la cosecha de café del Yemen, a efectos de futuros en bolsa. El trabajo requería atención constante pues las variables introducidas en el sistema informático así lo especificaban para cubrir la demanda de fluctuaciones medias por minuto necesarias para asegurar suculentos beneficios a la empresa.
Cristina y Ander casi no se habían visto desde hacía año y medio, cuando Cristina aceptó el puesto. Había desechado otras jugosas ofertas pues no en vano era de las primeras de su promoción en la facultad. En cambio Ander se había tenido que conformar con un trabajo en tierra de lo más vulgar: analista de sistemas. Un trabajo devaluado desde la crisis del 2008, que había empezado a trastocar las relaciones entre el sistema financiero y el productivo.
Esas pelotas de tenis eran un lazo pequeño pero significativo que reanudaba en cierto sentido una relación por más de un motivo algo deteriorada. Ahora, cada vez que Cristina hacía rebotar las pelotas un leve pero nuevo impulso la acercaba a Ander.
La cosecha de café se perdió pues la nueva corriente de Arabia, producto del deshielo parcial de la Antártida era voluble y errática, y aquel año falló. La empresa obtuvo pingües beneficios, pues el sistema, una vez puesto en marcha, no estaba preparado para otra cosa.
Cristina se preguntaba, en la cápsula de retorno, qué cantidad de aquella jugada en bolsa pertenecía de facto a las comunidades de agricultores del Yemen. Pero no pensó en ello durante mucho tiempo pues, con gravedad acentuada por la reentrada en Tierra, la pelota de tenis que llevaba en el bolsillo empezó a pesarle mucho, hasta convertirse en el objeto principal de su atención.
La vida ya no era aleve como una caminata espacial sobre la superficie de la Luna, sino dura y pesante como sólo la Tierra puede hacer sentir, y la pelota se lo estaba recordando.

jueves, 19 de enero de 2012

El velador enterizo

El velador se inclinaba peligrosamente hacia el borde de la mesita de noche con riesgo de caída inminente. Juan reposaba beatíficamente el cocido ingerido en la comida. El velador cayó con estrépito y Juan se sobresaltó. Afortunadamente no hubo roturas, ni siquiera de la bombilla que chisporroteaba un poco en señal de triunfo. Recogíó la lámpara con gesto cansino y decidió continuar su tan merecida siesta. Al poco entró en duermevela y soñó a ráfagas sin mucha hilazón sueños sin interés. Despertó sobrio, como le gustaba decir, esto es con la cabeza despejada y lúcido. Se orientaba en la habitación después de un esfuerzo considerable para situar mentalmente los muebles, aristas y recovecos de la alcoba en su cabeza. Juan se había quedado ciego.
Marisa, su mujer, entró en el dormitorio, quedamente, para no aturdir aún más el torpe deambular de su marido. Ya se iba acostumbrando a aquella situación, que fue dramática, como no podía ser menos, al comienzo. Y es que la ceguera no te deja opciones, como tantas otras enfermedades o avatares de la vida. Juan y Marisa se habían quedado sin juego por un tiempo, pero después se volvieron a barajar las cartas. Tenían espíritu de lucha y tiempo, mucho tiempo por delante.
El humor de Juan se alteró, sobre todo al principio, cuando volvió a la escuela a reaprender las cosas esenciales de la vida. Su instructor y él mantenían una buena relación. Para Marisa fue más fácil y más difícil al tiempo. Más fácil obvio es decirlo porque a ella no le afectaba la ceguera directamente pero más difícil también porque ella perdía pie poco a poco, y no de golpe como Juan, de su normalidad que iba alejándose a medida que se hacía cada vez más a la nueva vida con su marido.
En aquel momento se encontraban en un punto de inflexión, a poco que hicieran su vida se encarrilaría definitivamente, pero claro corrían el riesgo de quedarse en el camino y perder todo lo alcanzado hasta el momento.
Cuando Marisa oyó el ruido del velador cayendo al suelo, temió inmediatamente que Juan se cortara con los restos y su corazón palpitó con fuerza. Su primer impulso fue abalanzarse al dormitorio para impedir el accidente. Pero inmediatamente se contuvo y supo que tenía que dejar que Juan solventara el problema, un problema casero como tantos otros. Ese repensar de Marisa en un instante bifurcó definitivamente el camino a recorrer. A partir de entonces supo que Juan podía ser autónomo, valerse por sí mismo.
Y el velador, tan valioso de repente, ni siquiera se rompió.  

jueves, 12 de enero de 2012

La justa

El sentido se perdió en algún recodo del camino. Camino largo, recorrido a trancas y barrancas por el personal competente. Esa era la sensación predominante entre los componentes del tren de laminado. La acería resplandecía en la noche con fulguraciones pulsantes, rayos mudos en la lejanía. Desde el altozano frontero veían borrarse y volverse a constituir su unidad laboral. Era asombroso y al tiempo reconfortante, pues traía a cada cual, más o menos, recuerdos y vivencias de su quehacer diario.
Se había reunido aquel turno, después de la jornada de trabajo, para tratar el tema que a todos concernía pero a nadie se le representaba con la nitidez suficiente como para dejar de ser un problema ominoso y pesante.
Sabían de donde venían pero el sentido de su futuro se les estaba escapando de entre las manos. Siempre habían formado un equipo, sólido y bien trabado, que atendía las incidencias que se iban presentando en aquella larga marcha iniciada desde su incorporación respectiva hacia…¿hacia donde?
Se anunciaban recortes de plantilla por una reconversión generalizada de la siderurgia del país y sabían que a ellos les afectaría de manera palmaria. Nada podían hacer, decían los sindicatos, en cuanto al fondo del problema, es decir, cuanto tiempo de vida útil le quedaba al número todavía indefinido de bajas inminentes y futuras.
Pero quedaba la cuestión de la unión sagrada, de la trabazón segura del grupo como tal, que permanecería bien que reducido y laminado, valga la expresión. Así que ahí estaban, en la foscor de la noche iluminada por las pulsaciones del gigante colindante, que no dormía.
Cada uno aportó lo que mejor sabía para dejar memoria y constancia de que estaban ahí, y ahí seguirían, algunos al menos. Recomponer la unidad de grupo, se llamaba aquella maniobra. Para ellos era la constatación fehaciente del final de una etapa y del comienzo de otra, bien distinta.
Porque sabían, intuían, que la etapa dorada de la lucha sindical había pasado, y que a partir de la reconversión todo adquiriría un aire más plano y anodino, como de una grisura acerada.
Finalmente se confabularon en una mirada al unísono sobre la planta oscura y brillante casi al tiempo. Y esa mirada, parpadeante, fue como la respuesta al parpadeo rítmico y constante del gigante, un canal de comunicación establecido y roto casi al instante.
Todavía podían hablar de tú a tú con el leviatán.

miércoles, 4 de enero de 2012

Nayar

 
El sol jugueteaba con el niño al despertar en la mañana. A través de una rendija en la pared, un rayito de sol cosquilleaba sobre su nariz durante los meses de verano. Niño hacía pasar el rayito de luz desde su nariz hasta el extremo de una oreja, o al menos eso imaginaba él, luego hacia sus labios que abría para simular comérselo con deleite. Imaginaba que tenía sabor a dulce, el dulce que había probado una vez y cuyo sabor se le había quedado impreso a fuego en sus papilas gustativas. Desde entonces lo recordaba. Pero Madre siempre entraba en la habitación y hacía levantarse a su hermano mayor y a él, para cumplir con los deberes diarios. Salían en expedición al Exterior, el terrado de su edificio, cubierto años ha de maleza y hierba, donde arrancaban hierbajos y frutos silvestres con qué alimentarse. Había que tener mucho cuidado con el Exterior, les decía siempre Madre, porque cualquier cosa podía pasar. Así que sólo salían en razzias fugaces y recolectaban durante una hora por vez, no más. Luego de ese tiempo, Madre les hacía gestos imperativos para que regresaran a la escalera. Los sedimentos, a lo largo de los años, habían levantado montículos y creado oquedades en la superficie del terrado, por lo que siempre era tentador esconderse y desobedecer a Madre. Niño nunca lo hizo, no sabía por qué.
En el sótano estaba el Grifo, del que manaba agua, casi siempre. Para cuando no ocurría hacían acopio de agua en baldes y barreños de tamaños y colores diversos. No solían ponerse enfermos, pero Niño recordaba bastante claramente que hubo una vez otro Niño que enfermó y ya nunca más se supo de él.
En el terrado Niño jugaba con su hermano mayor a juegos que no entorpecieran la recolecta, claro. Se hacían guiños, toda clase de muecas, horribles y zafias, y también sabias y lindas. Tenían un pequeño balón de trapo que se pasaban subrepticiamente y alguna vez se les escapaba montículo abajo. Entonces había que esperar con mucha fuerza que alguna oquedad lo retuviera en el límite del terrado y no se precipitara al vacío. Siempre lo lograban. Niño se decía que su hermano mayor y él debían tener mucha fuerza.
El día siempre pasaba, igual a sí mismo. No lloraban, ni gritaban, ni hacían casi ruido alguno, adiestrados como estaban por Madre para ello. Sabían, porque Madre se los había dicho, que un día vendrían los recaudadores de impuestos y, puesto que no tenían con qué pagar, se llevarían para siempre a Madre. Esto no les preocupaba en exceso, formaba parte del futuro, ese tiempo en que las cosas podían ser diferentes y no del presente que se alargaba morosamente, día tras día. En todo el edificio no había más que ellos tres, siempre había sido así, salvo por el otro Niño, claro. No solían hablar mucho entre sí, en parte por respetar el silencio debido y en parte porque así habían sido criados y no sentían la necesidad de hacerlo. No tenían miedo, de la soledad relativa o de la oscuridad, nadie les había enseñado a temer. Salvo al Exterior.
Acampaban en distintos niveles del edificio, según las épocas y estaciones. En verano siempre volvían a la habitación del rayito de sol, lo que ponía muy contento a Niño.
Murieron sin darse cuenta de ello, desintegrados súbitamente en el bombardeo subsolar de lo que quedaba de la antigua capital de Nayar, algún año que ya no recuerdo.