lunes, 26 de enero de 2026

Una de las características del Barroco es el juego de las máscaras. Soy quien no soy quien puedo ser. Por ejemplo. O la vida es sueño calderoniana en el que la máscara es de cuerpo entero. Yo me reconozco barroco de espíritu pero como soy torpe casi siempre llevo caída la máscara. De hecho, objetivamente soy un clásico y no solo por carrozón. No sé quién soy pero sí sé quién quiero ser: José Zurriaga. Creo que con esta divisa me libro del dilema barroco pues advertid que no digo si José Zurriaga es una máscara. Bueno, os dejo que tengo que salir y aun debo arreglar las gomitas que me sujetan la máscara. Ah, me olvidaba, la pandemia fue un carnaval sanitario y la máscara que nunca me quito es la que llevo en el metro. Así espanto a otra máscara, la de la gripe.

viernes, 16 de enero de 2026

La comunicación humana, mediada por el lenguaje verbal, se caracteriza por no terminar nunca. Esto es, siempre se puede añadir algo más a un diálogo, o a un monólogo, nunca cierra. Así la comunicación humana es siempre incompleta, imperfecta. Si siempre se puede añadir algo en la comunicación en "n" entonces la comunicación en "n-1" y en "n-2" y sucesivamente, en recursión indefinida, se caracteriza psicológicamente por incorporar algún deseo frustrado que será superado y vuelto a frustrar en "n+1" (a modo de cierre provisional y siempre superado a continuación). En efecto, como hemos visto, los cierres parciales (en "n-1", "n-2" y sucesivamente) son siempre frustrados al ser provisionales y superados. Entiendo por deseo frustrado, no necesariamente un deseo sexual o afectivo sino algún "contratiempo" en el devenir de la línea conductual individual y colectiva. Algo que "no sale bien", en suma, puede ser una minucia. Eso da la línea-base que psicológicamente nos informa de que somos finitos, limitados y susceptibles de errar. Considero que los deseos frustrados son la característica esencial del ser humano.

jueves, 8 de enero de 2026

El imperio español permaneció en las nubes habsbúrguicas durante 150 años y había logrado durante ese tiempo la increíble proeza de hacer soñar junto a él, en leve ronroneo a ronquido sincronizados, a toda Europa. Yo creo que ese es uno de los mayores enigmas de la historia moderna. El soft power de los Habsburgo tenía hechuras hollywoodienses. El despertar llegó con los Borbones cuando el imperio pasó de ser una pesadilla de Hobbes (Leviatán) a codearse de tú a tú con los restantes grandes de Europa. El siglo XVIII español, muy denostado en general, fue de grandes hazañas bélicas y gran solidez financiera. A ratos, España era la segunda potencia económica, por delante de Francia y la marina de guerra española, hasta muy entrado el siglo, fue la más importante, por delante de Inglaterra. El premier Pitt dijo alguna vez en el Parlamento que "si Inglaterra tuviera las instalaciones navales de El Ferrol, otro gallo cantaría" (es una versión libre). Recordaré que hasta finales del siglo XVIII la España peninsular tenía más población que Inglaterra. Lástima que la dialéctica de las dos Españas ya estuviera cosida a nuestro tejido histórico. No se manifestó abiertamente durante ese siglo pues la monarquía absoluta que era, como todo sistema político estable, un juego de suma cero, ocupaba todo el tablero, con lo que, "al rey todo y al pueblo nada". Pero aún así, en vísperas de la Revolución Francesa, había en España varias regiones o enclaves geográficos maduros para dar el salto a la Revolución Industrial. La invasión francesa y la guerra laminaron esa posibilidad. Y con esto y un bizcocho hasta el siglo veintiocho. Ay, no! que ya semos europeos.