lunes, 13 de abril de 2026

Veréis. Cada tarde, echado en el sofá todavía ahora cubierto con la mantita de invierno, escucho música clásica en un breve concierto, de media a una hora para terminar de restaurar mi psique y mi soma tras la jornada mañanera laboral. Hace un tiempo que vengo escuchando a esa hora el Concierto para piano nº 21 de Mozart. Es claro, luminoso y jocundo. Hasta aquí nada fuera de lo normal. Pero el caso es que escuché dicho concierto el otro día acompañado de unos perros a los que estaba cuidando... Y, oye, que influido por su presencia comencé a detectar señales que no había captado hasta el momento en el concierto de Mozart. Sí, el segundo movimiento, tiempo lento, me hizo pensar en un universo gatuno, con leves maullidos y gestos - musicales - suaves y contenidos como los de un felino. Y el tercer tiempo, final, rápido, un desborde de vitalidad perruna! Con alharacas y pamemas propios de quienes compartimos nuestro tiempo con los perros. Todo podría ser...

viernes, 3 de abril de 2026

Las ideas tienden a persistir, entre otras cosas porque se reproducen. Los mundos que describen las ideas, no: están dados de una vez por todas. Así, es obligado que lo vivo persista en su ser, al menos hasta que se reproduzca. De ahí el famoso conatus de Spinoza, principio básico que dice que todo lo que es, tiende a perseverar en su ser. Spinoza lo extendió más allá de los seres vivos, a todo lo que meramente es, una piedra, por ejemplo. Pero creo que Spinoza hizo trampa para salvar a Dios, que según su cosmovisión, no es un ser vivo (Dios o la Naturaleza). Así, de rondón, se le coló el panteísmo, con lo que Dios quedó desactivado a efectos prácticos. A mi entender, la introducción de la noción de reproducción (de los seres vivos) es lo que permitiría deslindar el conatus solo para lo viviente pues reclama lo heraclitiano frente a la persistencia parmenídea de la piedra. En general los mundos (compuestos de piedras, entre otras cosas) darían la base fija al ser mientras que lo viviente, y sus ideas, permitirían la dialéctica. La lucha, el combate, la agresión y la muerte, que nos define.

martes, 24 de marzo de 2026

La voluntad como servomecanismo permanente sería una consecuencia directa del lenguaje verbal. Pues debido a su recursividad siempre se puede añadir algo más a una conversación o monólogo con lo que cada sujeto tiene que segmentarlo y darle fin provisionalmente para poder dedicarse a cualquier otra actividad que le requiera. Con lo que se salta de un segmento a otro, esto es, referencialmente, de un punto de la realidad a otro avanzándose así a través de la realidad. Ese deambular por el mundo, con cierta firmeza, es el signo de la voluntad. Lo que se complementa con que el sentido de las cosas seguramente sea asimismo un resultado del uso del lenguaje verbal. Debido a la característica que acabo de mencionar, la recursividad, aparece en el mundo la narración que se puede definir como un segmento de lenguaje verbal que hipotetiza algo debido a que está orientado, digamos que imantado, por su final. De este modo, en tiempos remotos la narración tendría un signo funcional: serviría siempre para algo. Ese sería el sentido de la narración. Dar sentido, literalmente, significa orientarse hacia alguna porción de la realidad. Así, por ejemplo, las narraciones que se tejieran alrededor de la preparación de herramientas y armas para una próxima partida de caza o las que se sucediesen alrededor de una fogata nocturna para fortalecer los vínculos del clan. Mucho más tarde, por abstracción y depuración se llegaría a plantear el sentido de la vida.

sábado, 14 de marzo de 2026

Las máquinas estocásticas, como las competiciones de fútbol y demás deportes, son un gran fermento con el que poder, paradójicamente, aproximarnos a nosotros mismos, ensimismarnos. Aparentemente, todos estos eventos, regidos por el azar, son excéntricos, literalmente te descentran, arrojándote en brazos de la masa gritona, real o metafóricamente. Pero además de este movimiento hacia el exterior pueden propiciar un movimiento de introversión al crear espacios con el tiempo detenido o en suspenso. Pues uno de los efectos del azar es sacarnos del tiempo lineal para situarnos en un tiempo circular, que es el epítome de lo sagrado y por tanto del juego de la inmanencia con la trascendencia. Y ahí, en ese estiramiento como chicle metafísico pasamos tiempo ensimismados. ¿Cómo es eso de que el azar nos saca del tiempo lineal para pasar al circular? Pues porque, psicológicamente, al sentirnos imbuidos del anuncio de lo sublime, ni que sea en forma de un toque del balón contra el poste que, de repente, cambia el signo de la jugada y del partido, para seguir gozando, seguimos y volvemos a seguir el paso, una y otra vez hasta quedar exhaustos, una forma de éxtasis. Yo creo que aparte de los flujos identitarios con nuestra tribu (en este caso, futbolera), este mecanismo de introversión es de gran ayuda para mantenernos estables psicológicamente. E si non è vero...

miércoles, 4 de marzo de 2026

El humano es dipolar. Tiene, por un lado, el lenguaje verbal que propicia una comunicación imperfecta, incompleta, pues, al caso, siempre se puede añadir algo más en cualquier conversación o monólogo. Así, la comunicación mediada por el lenguaje verbal siempre tiene un principio y un final pues nos vemos obligados a segmentarla, a ponerle -artificialmente- fin para poder seguir con nuestra vida en cualquier otro de sus múltiples quehaceres. Luego, el tiempo del lenguaje verbal es el tiempo lineal, la flecha del tiempo como vulgarmente se dice. Pero, por otro lado, como animal que somos, subtiende al lenguaje verbal la comunicación que es propia de todos los animales, y que tiende a ser completa o perfecta, pues solapa perfectamente la necesidad comunicativa que tiene cualquier animal (cuando un cuervo da la alarma a sus congéneres sobre la presencia de un depredador, la comunicación es completa y total, no cabe "decir" nada más). Así, esta comunicación animal tiene un tiempo cíclico, que no tiene principio ni fin, como es el remedo de los seres vivos de lo absoluto o perfecto. Y ese tiempo cíclico es el tiempo sagrado del que hablan algunos antropólogos, o también el tiempo del juego -el círculo del juego- . Por lo que, en tanto que humanos, somos homo religiosus (y homo ludens), aparte de, en alguna medida, homo sapiens. Luego vivimos tiempos sagrados con hierofanías como las que propician o buscan por ejemplo algunas ideologías políticas (las que reclaman lo utópico), esto en el caso de que hayamos decidido aparentemente "desacralizarnos".

domingo, 22 de febrero de 2026

Si no suele haber en los usos contemporáneos creación, recreación, del otro que, por definición, está afuera, lejos, entonces todo es inmediatez, todo se precipita alrededor del yo. Y si todo es inmediato no hay perspectiva, ni contraste que permita una visión estereoscópica del mundo. Todo se vuelve plano, incluyendo al sentimiento. Y si no hay diferencia de potencial en el sentimiento, las cosas se deslizan peligrosamente por una pendiente que seguramente llevará a la depresión consuetudinaria. Y desde el pozo, pequeño, en la oscuridad todos los gatos son pardos, incluida la política. Con lo que se instala un "todo vale" muy peligroso para la continuidad de la democracia. Tanto a escala macro, social, como micro, individuo, se pierde fuelle, ímpetu y vitalidad. Y todo ello en cascada a partir de una sola causa. El fusible vital y social se llama la generosidad, la gratuidad, que lleva al otro. Cuando comienza la racanería todo tiene un precio casi siempre demasiado alto para pagarlo voluntariamente con lo que nos sentimos agobiados tendiendo instintivamente de nuevo a encerrarnos en el yo. Pero lo social es gasto, incluso lujo, al desbordar de uno mismo para alcanzar al otro. Es un bucle, un infinito retorno que, actualmente, puede colapsar.

sábado, 14 de febrero de 2026

Como buen conservador de espíritu, ya que no necesariamente de voto, soy alérgico al término "revolución". Sí, la revolución del orbe celeste en sus distintos tránsitos diarios, equinocciales y anuales no me chifla...En el diccionario de mi cabeza dura no caben muchas más acepciones. Hago una excepción, por afrancesado, con la Revolución Francesa, la única (aunque hubo varias) por antonomasia. Ahora mismo estoy entretenido leyendo un pequeño ensayo histórico sobre el tema. Y refresco cosas que aprendí en el colegio (sí, mi colegio era laico y republicano en los lejanos 70´s). Mirabeau, diputado en la Asamblea, dio uno de los primeros aldabonazos con la confiscación de los bienes de la Iglesia. Hay un breve ensayo de Ortega, "Mirabeau o el político; Contreras o el aventurero", que tengo por casa hace mucho. Así que tengo ilustres antecedentes de algún que otro conservador para nada revolucionario alabando indirectamente a la Revolución Francesa. Aunque, a Dios gracias, no pierdo la cabeza dándole vueltas a la cuestión. Algo bien plausible, lo de perder la cabeza, en los tiempos que corren. Pero por algún bien de consumo anhelado de los muchos que corren, vuelan, delante de nuestras narices. Y así, la revolución de andar por casa, es volver un año más (el orbe celeste) a mis sanas y morosas costumbres por las que me felicito diariamente regalándome obras musicales una y otra vez vueltas a escuchar.Por lo que, sin ánimo de soberbia alguna, "la revolución soy yo".

miércoles, 4 de febrero de 2026

Si pensamos que solo tenemos la muerte delante mientras estamos vivos, me parece mucho más optimista esto: Mientras hay muerte, hay esperanza. Porque la vida es esperanza.

lunes, 26 de enero de 2026

Una de las características del Barroco es el juego de las máscaras. Soy quien no soy quien puedo ser. Por ejemplo. O la vida es sueño calderoniana en el que la máscara es de cuerpo entero. Yo me reconozco barroco de espíritu pero como soy torpe casi siempre llevo caída la máscara. De hecho, objetivamente soy un clásico y no solo por carrozón. No sé quién soy pero sí sé quién quiero ser: José Zurriaga. Creo que con esta divisa me libro del dilema barroco pues advertid que no digo si José Zurriaga es una máscara. Bueno, os dejo que tengo que salir y aun debo arreglar las gomitas que me sujetan la máscara. Ah, me olvidaba, la pandemia fue un carnaval sanitario y la máscara que nunca me quito es la que llevo en el metro. Así espanto a otra máscara, la de la gripe.

viernes, 16 de enero de 2026

La comunicación humana, mediada por el lenguaje verbal, se caracteriza por no terminar nunca. Esto es, siempre se puede añadir algo más a un diálogo, o a un monólogo, nunca cierra. Así la comunicación humana es siempre incompleta, imperfecta. Si siempre se puede añadir algo en la comunicación en "n" entonces la comunicación en "n-1" y en "n-2" y sucesivamente, en recursión indefinida, se caracteriza psicológicamente por incorporar algún deseo frustrado que será superado y vuelto a frustrar en "n+1" (a modo de cierre provisional y siempre superado a continuación). En efecto, como hemos visto, los cierres parciales (en "n-1", "n-2" y sucesivamente) son siempre frustrados al ser provisionales y superados. Entiendo por deseo frustrado, no necesariamente un deseo sexual o afectivo sino algún "contratiempo" en el devenir de la línea conductual individual y colectiva. Algo que "no sale bien", en suma, puede ser una minucia. Eso da la línea-base que psicológicamente nos informa de que somos finitos, limitados y susceptibles de errar. Considero que los deseos frustrados son la característica esencial del ser humano.

jueves, 8 de enero de 2026

El imperio español permaneció en las nubes habsbúrguicas durante 150 años y había logrado durante ese tiempo la increíble proeza de hacer soñar junto a él, en leve ronroneo a ronquido sincronizados, a toda Europa. Yo creo que ese es uno de los mayores enigmas de la historia moderna. El soft power de los Habsburgo tenía hechuras hollywoodienses. El despertar llegó con los Borbones cuando el imperio pasó de ser una pesadilla de Hobbes (Leviatán) a codearse de tú a tú con los restantes grandes de Europa. El siglo XVIII español, muy denostado en general, fue de grandes hazañas bélicas y gran solidez financiera. A ratos, España era la segunda potencia económica, por delante de Francia y la marina de guerra española, hasta muy entrado el siglo, fue la más importante, por delante de Inglaterra. El premier Pitt dijo alguna vez en el Parlamento que "si Inglaterra tuviera las instalaciones navales de El Ferrol, otro gallo cantaría" (es una versión libre). Recordaré que hasta finales del siglo XVIII la España peninsular tenía más población que Inglaterra. Lástima que la dialéctica de las dos Españas ya estuviera cosida a nuestro tejido histórico. No se manifestó abiertamente durante ese siglo pues la monarquía absoluta que era, como todo sistema político estable, un juego de suma cero, ocupaba todo el tablero, con lo que, "al rey todo y al pueblo nada". Pero aún así, en vísperas de la Revolución Francesa, había en España varias regiones o enclaves geográficos maduros para dar el salto a la Revolución Industrial. La invasión francesa y la guerra laminaron esa posibilidad. Y con esto y un bizcocho hasta el siglo veintiocho. Ay, no! que ya semos europeos.