martes, 24 de marzo de 2026

La voluntad como servomecanismo permanente sería una consecuencia directa del lenguaje verbal. Pues debido a su recursividad siempre se puede añadir algo más a una conversación o monólogo con lo que cada sujeto tiene que segmentarlo y darle fin provisionalmente para poder dedicarse a cualquier otra actividad que le requiera. Con lo que se salta de un segmento a otro, esto es, referencialmente, de un punto de la realidad a otro avanzándose así a través de la realidad. Ese deambular por el mundo, con cierta firmeza, es el signo de la voluntad. Lo que se complementa con que el sentido de las cosas seguramente sea asimismo un resultado del uso del lenguaje verbal. Debido a la característica que acabo de mencionar, la recursividad, aparece en el mundo la narración que se puede definir como un segmento de lenguaje verbal que hipotetiza algo debido a que está orientado, digamos que imantado, por su final. De este modo, en tiempos remotos la narración tendría un signo funcional: serviría siempre para algo. Ese sería el sentido de la narración. Dar sentido, literalmente, significa orientarse hacia alguna porción de la realidad. Así, por ejemplo, las narraciones que se tejieran alrededor de la preparación de herramientas y armas para una próxima partida de caza o las que se sucediesen alrededor de una fogata nocturna para fortalecer los vínculos del clan. Mucho más tarde, por abstracción y depuración se llegaría a plantear el sentido de la vida.

sábado, 14 de marzo de 2026

Las máquinas estocásticas, como las competiciones de fútbol y demás deportes, son un gran fermento con el que poder, paradójicamente, aproximarnos a nosotros mismos, ensimismarnos. Aparentemente, todos estos eventos, regidos por el azar, son excéntricos, literalmente te descentran, arrojándote en brazos de la masa gritona, real o metafóricamente. Pero además de este movimiento hacia el exterior pueden propiciar un movimiento de introversión al crear espacios con el tiempo detenido o en suspenso. Pues uno de los efectos del azar es sacarnos del tiempo lineal para situarnos en un tiempo circular, que es el epítome de lo sagrado y por tanto del juego de la inmanencia con la trascendencia. Y ahí, en ese estiramiento como chicle metafísico pasamos tiempo ensimismados. ¿Cómo es eso de que el azar nos saca del tiempo lineal para pasar al circular? Pues porque, psicológicamente, al sentirnos imbuidos del anuncio de lo sublime, ni que sea en forma de un toque del balón contra el poste que, de repente, cambia el signo de la jugada y del partido, para seguir gozando, seguimos y volvemos a seguir el paso, una y otra vez hasta quedar exhaustos, una forma de éxtasis. Yo creo que aparte de los flujos identitarios con nuestra tribu (en este caso, futbolera), este mecanismo de introversión es de gran ayuda para mantenernos estables psicológicamente. E si non è vero...

miércoles, 4 de marzo de 2026

El humano es dipolar. Tiene, por un lado, el lenguaje verbal que propicia una comunicación imperfecta, incompleta, pues, al caso, siempre se puede añadir algo más en cualquier conversación o monólogo. Así, la comunicación mediada por el lenguaje verbal siempre tiene un principio y un final pues nos vemos obligados a segmentarla, a ponerle -artificialmente- fin para poder seguir con nuestra vida en cualquier otro de sus múltiples quehaceres. Luego, el tiempo del lenguaje verbal es el tiempo lineal, la flecha del tiempo como vulgarmente se dice. Pero, por otro lado, como animal que somos, subtiende al lenguaje verbal la comunicación que es propia de todos los animales, y que tiende a ser completa o perfecta, pues solapa perfectamente la necesidad comunicativa que tiene cualquier animal (cuando un cuervo da la alarma a sus congéneres sobre la presencia de un depredador, la comunicación es completa y total, no cabe "decir" nada más). Así, esta comunicación animal tiene un tiempo cíclico, que no tiene principio ni fin, como es el remedo de los seres vivos de lo absoluto o perfecto. Y ese tiempo cíclico es el tiempo sagrado del que hablan algunos antropólogos, o también el tiempo del juego -el círculo del juego- . Por lo que, en tanto que humanos, somos homo religiosus (y homo ludens), aparte de, en alguna medida, homo sapiens. Luego vivimos tiempos sagrados con hierofanías como las que propician o buscan por ejemplo algunas ideologías políticas (las que reclaman lo utópico), esto en el caso de que hayamos decidido aparentemente "desacralizarnos".