domingo, 26 de abril de 2026
Yo tengo memoria de pez. Sí, tengo escasos recuerdos que se presentan muchas veces en el mismo orden. Es una forma de transitar por la vida -mental- como quien va por la calle sin mirar a nadie, fijándose en las palomas y gorriones, en el suelo y en el aire, y en los edificios que se van sucediendo. Sin parar mientes en el gentío que me rodea. Así, los recuerdos, rígidos, evitan que me pierda en el pasado, y me invitan a seguir en el presente. Evito muchos conflictos internos y estoy disponible para contemplar fotos-fijas. Por ejemplo, ahora mismo, la ventana de mi habitación iluminada por la luz de la tarde y recubierta por una cortina con pliegues y pequeñas sombras. Como mi memoria es cíclica tiendo a primar lo que vuelve, lo que retorna, como las fotos-fijas. No sé si tiene más ventajas que inconvenientes pues no puedo comparar mi memoria con otras. De todas formas, creo que es un buen antídoto contra el solipsismo pues no tengo un relato, continuo, interior del que pudiera tener la tentación de engancharme. El exterior, el mundo, es mi asidero natural. La austeridad de mi memoria hace que no me empache de vida interior. Soy una suerte de fósil de la Antigüedad, antes de la invención del alma cristiana que es el origen del insondable yo moderno y contemporáneo. En mi yo hago pie fácilmente y no me hundo. Bueno, ya me he hecho suficiente publicidad, ahora que siga el relato de la vida.
lunes, 13 de abril de 2026
Veréis. Cada tarde, echado en el sofá todavía ahora cubierto con la mantita de invierno, escucho música clásica en un breve concierto, de media a una hora para terminar de restaurar mi psique y mi soma tras la jornada mañanera laboral. Hace un tiempo que vengo escuchando a esa hora el Concierto para piano nº 21 de Mozart. Es claro, luminoso y jocundo. Hasta aquí nada fuera de lo normal. Pero el caso es que escuché dicho concierto el otro día acompañado de unos perros a los que estaba cuidando... Y, oye, que influido por su presencia comencé a detectar señales que no había captado hasta el momento en el concierto de Mozart. Sí, el segundo movimiento, tiempo lento, me hizo pensar en un universo gatuno, con leves maullidos y gestos - musicales - suaves y contenidos como los de un felino. Y el tercer tiempo, final, rápido, un desborde de vitalidad perruna! Con alharacas y pamemas propios de quienes compartimos nuestro tiempo con los perros. Todo podría ser...
viernes, 3 de abril de 2026
Las ideas tienden a persistir, entre otras cosas porque se reproducen. Los mundos que describen las ideas, no: están dados de una vez por todas. Así, es obligado que lo vivo persista en su ser, al menos hasta que se reproduzca. De ahí el famoso conatus de Spinoza, principio básico que dice que todo lo que es, tiende a perseverar en su ser. Spinoza lo extendió más allá de los seres vivos, a todo lo que meramente es, una piedra, por ejemplo. Pero creo que Spinoza hizo trampa para salvar a Dios, que según su cosmovisión, no es un ser vivo (Dios o la Naturaleza). Así, de rondón, se le coló el panteísmo, con lo que Dios quedó desactivado a efectos prácticos. A mi entender, la introducción de la noción de reproducción (de los seres vivos) es lo que permitiría deslindar el conatus solo para lo viviente pues reclama lo heraclitiano frente a la persistencia parmenídea de la piedra. En general los mundos (compuestos de piedras, entre otras cosas) darían la base fija al ser mientras que lo viviente, y sus ideas, permitirían la dialéctica. La lucha, el combate, la agresión y la muerte, que nos define.
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