miércoles, 4 de marzo de 2026
El humano es dipolar. Tiene, por un lado, el lenguaje verbal que propicia una comunicación imperfecta, incompleta, pues, al caso, siempre se puede añadir algo más en cualquier conversación o monólogo. Así, la comunicación mediada por el lenguaje verbal siempre tiene un principio y un final pues nos vemos obligados a segmentarla, a ponerle -artificialmente- fin para poder seguir con nuestra vida en cualquier otro de sus múltiples quehaceres. Luego, el tiempo del lenguaje verbal es el tiempo lineal, la flecha del tiempo como vulgarmente se dice. Pero, por otro lado, como animal que somos, subtiende al lenguaje verbal la comunicación que es propia de todos los animales, y que tiende a ser completa o perfecta, pues solapa perfectamente la necesidad comunicativa que tiene cualquier animal (cuando un cuervo da la alarma a sus congéneres sobre la presencia de un depredador, la comunicación es completa y total, no cabe "decir" nada más). Así, esta comunicación animal tiene un tiempo cíclico, que no tiene principio ni fin, como es el remedo de los seres vivos de lo absoluto o perfecto. Y ese tiempo cíclico es el tiempo sagrado del que hablan algunos antropólogos, o también el tiempo del juego -el círculo del juego- . Por lo que, en tanto que humanos, somos homo religiosus (y homo ludens), aparte de, en alguna medida, homo sapiens. Luego vivimos tiempos sagrados con hierofanías como las que propician o buscan por ejemplo algunas ideologías políticas (las que reclaman lo utópico), esto en el caso de que hayamos decidido aparentemente "desacralizarnos".
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