domingo, 26 de abril de 2026
Yo tengo memoria de pez. Sí, tengo escasos recuerdos que se presentan muchas veces en el mismo orden. Es una forma de transitar por la vida -mental- como quien va por la calle sin mirar a nadie, fijándose en las palomas y gorriones, en el suelo y en el aire, y en los edificios que se van sucediendo. Sin parar mientes en el gentío que me rodea. Así, los recuerdos, rígidos, evitan que me pierda en el pasado, y me invitan a seguir en el presente. Evito muchos conflictos internos y estoy disponible para contemplar fotos-fijas. Por ejemplo, ahora mismo, la ventana de mi habitación iluminada por la luz de la tarde y recubierta por una cortina con pliegues y pequeñas sombras. Como mi memoria es cíclica tiendo a primar lo que vuelve, lo que retorna, como las fotos-fijas. No sé si tiene más ventajas que inconvenientes pues no puedo comparar mi memoria con otras. De todas formas, creo que es un buen antídoto contra el solipsismo pues no tengo un relato, continuo, interior del que pudiera tener la tentación de engancharme. El exterior, el mundo, es mi asidero natural. La austeridad de mi memoria hace que no me empache de vida interior. Soy una suerte de fósil de la Antigüedad, antes de la invención del alma cristiana que es el origen del insondable yo moderno y contemporáneo. En mi yo hago pie fácilmente y no me hundo. Bueno, ya me he hecho suficiente publicidad, ahora que siga el relato de la vida.
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