La
muerte es el gran silencio ante todas nuestras preguntas, pero raramente
consideramos eso como una respuesta, antes bien preferimos cualquier
ruido, aunque sea el de la tapa del ataúd al cerrarse.
El
lanzador de cuchillos en el circo de la vida, ¡qué imagen para vivir
peligrosamente salvo! (piensa la mujer del lanzador bordeando
peligrosamente la sonrisa).
Sufriendo, se sufre menos.
jueves, 17 de julio de 2014
Las
ruinas arqueológicas se pueden clasificar en sostenibles y no
sostenibles, y como pasa con los amores, la primera categoría siempre
está a punto de subsumirse en la segunda.
El que vive en una isla desierta, como Robinsón, no sueña porque podría ahogarse en algún mar durmiente. Afortunadamente siempre hay algún Viernes, real o ficticio, que le acerque un vaso de agua para poder tragar la noche.
Si las pautas de nuestro hablar las rigiera una severa institutriz -secretamente soñadora-, entonces cantaríamos.
Los champiñones y las adicciones se cultivan en la oscuridad y con grandes cantidades de estiércol. Los champiñones, una vez elaborados, se empeñan en cosquillear nuestra mente y nuestros sentidos. Las adicciones, una vez destiladas, dejarán a nuestra mente y a nuestros sentidos en la Casa de Empeños.
El que vive en una isla desierta, como Robinsón, no sueña porque podría ahogarse en algún mar durmiente. Afortunadamente siempre hay algún Viernes, real o ficticio, que le acerque un vaso de agua para poder tragar la noche.
Si las pautas de nuestro hablar las rigiera una severa institutriz -secretamente soñadora-, entonces cantaríamos.
Los champiñones y las adicciones se cultivan en la oscuridad y con grandes cantidades de estiércol. Los champiñones, una vez elaborados, se empeñan en cosquillear nuestra mente y nuestros sentidos. Las adicciones, una vez destiladas, dejarán a nuestra mente y a nuestros sentidos en la Casa de Empeños.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Modelo para armar
Se dispararon dos tiros en el aire de la mañana. Cada uno partió de uno de los oponentes en el duelo. Ninguno de los dos dio en el blanco. Quedaba zanjada la liza. El honor se había lavado entre olor a pólvora quemada.
Richard y Jérémias se dieron la mano, un fuerte apretón y se aprestaron a reunirse con sus respectivos padrinos. El aire de la mañana olía bien, a espliego y tomillo, aquella primavera que ya despuntaba.
Richard se apoltronó en el asiento del coche al tiempo que el cochero hacía restallar el látigo. Emprendían el regreso a la ciudad. La ciudad Luz, la ciudad de los sueños y los, a veces, amargos despertares, de la buena vida para algunos y del penar en el duro trabajo para la mayoría. Pero era una ciudad alegre y confiada en la hora de la plenitud de la Tercera República, laica y liberal.
Ya comenzaba a despuntar la torre, la estrafalaria torre de la Exposición Universal, pronto símbolo inconfundible de aquella ciudad. Richard se dijo que debía emprender una vez más la ascensión a lo alto de la torre, en ritual que se repetiría incansablemente hasta su muerte.
Era un aficionado a los mapas y planos, especialmente a aquellas vistas simuladas desde la altura, en escorzo y París se parecía cada día que subía a la torre a una ciudad de ensueño, ella misma su propio plano, a escala 1:1.
Comprendemos que Richard era joven y tenía todavía bonitas ensoñaciones y fantasías plenas de color. París era uno de sus elementos de juego fantasioso más amenos. Porque París era un juego que aún había que terminar de montar.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Los juegos de manos
Haciendo malabares con el bote de los clips, las gomas elásticas y el lápiz, bien afilado, el probo oficinista Juanito sufrió un accidente laboral, pinchándose en la nariz con aquel afilado lápiz. Trasladado al dispensario de la empresa, Juanito rumiaba otras travesuras laborales y ya le estaba dando vueltas al uso compulsivo del rollo de gasa cuando entró otro accidentado. Luis, del departamento de personal, apareció con un ojo amoratado, medio sangrante y pulsante.
Evidentemente su caso requería de atención más rápida que el suyo, así que los escasos efectivos sanitarios, la enfermera Pili, se dedicaron en buena lid a aminorar los efectos del pequeño derrame ocular. “¿Cómo te lo has hecho?”, le preguntó Juanito a Luis. “Con un clip desballestado”, le contestó éste. “Estaba haciendo malabares y…”, no terminó la frase, ni falta que le hizo. Pili le aplicó un colirio, después de limpiar la zona y le colocó un apósito que le ocluyó aquel ojo doliente.
Juanito pensaba en las coincidencias que se dan en la vida, aunque mejor pensado se trataba de procesos en paralelo de adaptaciones a entornos similares en nichos ecológicos de igual categoría, o dicho de otro modo, que el aburrimiento hacía mella por igual en su departamento y en el de Luis. Pero a partir de aquí sus destinos divergían, Luis ya curado salía por la puerta tras echar una miradita furtiva a la cofia de Pili y Juanito se ponía en sus expertas manos para restañar la pequeña herida de su nariz.
Quizá ya no volvieran a coincidir. “Curioso…”, pensó, mientras se dejaba mimar.
lunes, 27 de agosto de 2012
La boda
Haciendo
restallar el látigo, el cochero apremiaba a su tiro para que,
ágilmente, se escabullera entre el denso tráfico de la gran ciudad.
Era un día encapotado, de ligera llovizna que acababa por empapar
capotes y capotas. Las damas se embarrarían las enaguas, pensó
pícaramente el cochero mientras avanzaba premiosamente hacia la
mansión familiar.
Higgins
ya anticipaba, azorado, el sabor de las quesadillas de la Sra.
Bridges con que era premiada su diligencia habitual. Volvían de una
tarde de compras, lady Anne y su hija Caroline. Llevaban meses
planificando con estrategia militar la próxima boda de ésta. Ahora
se necesitaban encajes, preciosos encajes para el vestido, que sería,
¿quién lo dudaba? objeto de la admiración general.
Una
vez cumplida la misión, exhaustas pero contentas, las damas no
pedían otra cosa sino llegar cuanto antes a la mansión para
extender ante su vista el preciado botín de la tarde. El coche
avanzaba a trompicones, saltando rítmicamente sobre el empedrado tan
regular como era posible en aquella ciudad.
De
improviso, el tráfico se coaguló en un denso grumo que dejó
atrapados a los viajeros. Lady Anne susurró a Caroline “¡Ay la
boda! Si no fuera por ella estaríamos hace semanas en el campo”.
Caroline esbozó un mohín de hastío dirigido tanto a su madre como
a la ciudad en general.
No
sabía que la ciudad se lo iba a retornar multiplicado, centuplicado,
en cada cara que atisbara en la ciudad por el resto de su vida, tras
aquella boda.
lunes, 13 de agosto de 2012
Aah, Roxane
Se extrañaría quien mirase por la ventana y viese la larga cola barredora de un triceratops asomar la puntita por un ángulo del cristal. ¿Se extrañaría el mismo observador al contemplar una nariz digna de Cyrano de Bergérac pasar digna y altiva por el mismo recuadro?
Seguramente le despertaría asociaciones literarias o fílmicas inmediatas, pero, ¿daría un paso más, hasta no dar crédito a lo visto? No es probable.
Veamos…el carnaval todavía no está al caer, no hay prevista ninguna representación del Cyrano en la ciudad, no es hoy el día de los Inocentes…Nuestro observador se devana la sesera pero no atina, no atina con el clic debido que haga saltar la chispa de la interpretación adecuada.
Y sin embargo, y sin embargo mientras existan Roxanes seguirán existiendo Cyranos en la mente y en la percepción de los enamorados…
lunes, 6 de agosto de 2012
Las justas
La
lectura comenzó puntual y, sobre seguro, se realizaron las catas
mentales, por parte de los fiscalizadores al efecto, sobre el
discurso leído. El estilo de la representación era clásico, o
neoclásico tal vez, con efectos libérrimos y de amplio vuelo. Los
fiscalizadores ronroneaban aprobatoriamente mientras efectuaban el
planeo discursivo habitual. Y en muy raras ocasiones se lanzaban en
picado sobre algún tropo aparentemente mal engarzado al conjunto.
Las
justas de Calomarde, como era tradicional, se desarrollaban a lo
largo de todo el día y, a pesar de ello, no resultaba fatigosa ni la
tarea del lector, ni la de los fiscalizadores, ni, sobre todo, la del
público oyente. El hemiciclo estaba abarrotado de admiradores que
repartían su aprecio entre las virtudes del lector, bien puntuado, y
las de alguno o algunos de los fiscales que alanceaban al texto
leído.
No
se trataba en puridad de una sesión telepática, pues las catas
mentales comportaban signos externos de finura y sutileza endiabladas
que el público conocedor degustaba con fruición.
Pero
en esto, el orador inició una maniobra de regresión y comenzó
paulatinamente a soñar, o ensoñarse, con el texto leído, bordeando
los límites de la transgresión del juego. En efecto, el lector no
debía integrar, o emitir, ningún parecer personal en el acto de la
lectura, para evitar interferencias con las construcciones y sistemas
que lanzaban al aire los fiscales.
El
juego devino complicado y retorcido y comenzó a manifestarse en la
mente de los presentes un árbol huraño que podía ser el del
ahorcado, figura nefanda y cuya aparición marcaría
indefectiblemente la disolución del juego.
Pero
en ese instante el rictus sutil del lector figuró la aparición de
una isla Afortunada, comodín clave que levantaba al momento la
condena a la horca. El público estalló en una salva de aplausos. El
lector se había impuesto a los fiscales y había ganado el juego.
En
el cóctel que siguió a las justas, antes de la cena, alguien le
preguntó al lector por su maniobra perfecta. Y éste comentó,
esbozando una sonrisa, que se le había revelado durante la contienda
la memoria de un digno antepasado suyo que visitó, en una ocasión,
la isla de Tenerife. El contertulio exclamó admirado: “¿Una
memoria anterior a la erupción final?, Tiene usted una mente
retrospectiva prodigiosa”.
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